Hace algo más de dos años, en 2008, recuerdo que fui a la feria del libro de Madrid porque sabía que andaba por allí Galeano, firmando ejemplares de su último libro. Lo cierto es que no había leído aún nada suyo. Ningún libro, quiero decir. Sí que había leído algunos artículos suyos y lo había visto alguna vez en televisión. Recuerdo, por ejemplo, que me había gustado mucho en su aparición en Voces contra la Globalización.
Compré entonces el libro que firmaba: Espejos. No tenía ni idea de lo que acababa de comprar. Lo mismo me daba que se tratase de una novela, un libro de poesías, o un ensayo. Yo lo que quería era conocerle, leer algo suyo. Lo que no esperaba yo, era encontrarme con uno de esos libros que tanto tiempo llevaba buscando. Y es que, ya vienen de largo mis críticas a los libros de historia.
En particular, cuando comenté El mundo de Sofía (de hecho, uno de mis libros favoritos), no pude evitar hacerle una pequeña crítica:
“que no sean cuestiones filosóficas las que guíen el currículo, que se limite el estudio a la filosofía occidental, que se dé prioridad a la historia de la filosofía en lugar de a la filosofía misma y que, en consecuencia, sea el orden cronológico el determinante.”
Por fin, he encontrado en Espejos un libro que retrata la historia tratando de no olvidar a nadie. Por primera vez he encontrado un libro de historia en el que no desaparecen misteriosamente India, China, o África. Un libro de historia en que los indígenas de América Latina existían y eran seres humanos. Un libro de historia en que, además de reyes, reinas y altos mandos militares, existen también pobres, esclavos y mujeres.








Autor(a): Eduardo Galeano

