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Carlos Capote

Esos ateos

9 de Abril de 2007 · Sin comentarios

El propio John Locke, considerado uno de los padres del laicismo (y la tolerancia), decía que “aquellos que por su ateísmo socavan y destruyen toda religión no pueden pretender que la religión les conceda privilegio de tolerancia”. Y es que los ateos han sido probablemente el colectivo más discriminado a lo largo de la historia. Hace menos de 300 años era común, en casi toda Europa, que el derecho a voto se concediese sólo a miembros de una determinada religión. En Inglaterra, por ejemplo, católicos y judíos carecían de ese derecho. (Cada país discriminaba según sus propios caprichos.) Pero si eras un escéptico daba igual dónde estuvieses: era mejor que mantuvieses la boca cerrada (y, si no, que se lo pregunten a Uriel Da Costa).

En respuesta a la polémica que se inició el año pasado tras la publicación de las famosas “caricaturas de Mahoma” en un periódico danés, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU acaba de aprobar una resolución que insta a no difamar públicamente sobre creencias religiosas. El texto “expresa la profunda preocupación por el intento de identificar el Islam con terrorismo, violencia y violaciones a los Derechos Humanos”. No se dice nada, sin embargo, de las acusaciones que Ratzinger viene incorporando sistemáticamente a todos sus discursos. Según él, sin Dios: todo vale, todo es relativo. Pese a que son pocos los ateos que se identifican con tal suerte de relativismo, las religiones monoteístas basan con frecuencia sus discursos en esta idea para así llegar con facilidad a la conclusión de que “el mundo está como está porque ya nadie cree en nada”.

Dedico un porcentaje bastante considerable de mi “tiempo libre” al voluntariado en organizaciones que trabajan por el diálogo y desarrollo de las culturas (aunque sigo sin saber qué carajo es eso de “las culturas”). Allí conocí a una amiga musulmana que, por el mero hecho de llevar un velo, ha recibido escupitajos e insultos (sobre todo durante las fechas posteriores al 11-M). Estoy completamente convencido de que son necesarias intervenciones políticas que faciliten el diálogo intercultural y soy consciente de que sufrimos un grave vacío en lo que a comprensión mútua se refiere, pero una cosa es que sean necesarias medidas y otra cosa es que sea necesaria cualquier medida.

Si bien recibimos gustosamente medidas cuya finalidad sea la tolerancia y un acercamiento a la comprensión mútua, somos muchos los ateos que creemos que no estaría de más que dichas resoluciones no sean discriminatorias con nuestro colectivo. ¿O acaso no es discriminación que yo no pueda dibujar a Mahoma o llamar “Santidad Patata” al Papa, pero que desde las religiones sí se pueda culpar al ateísmo de los males de este mundo? Eso sí que es difamar; y en mayúsculas. Ahora, detengámonos un momento a pensar en lo que implicaría prohibir las difamaciones sobre ateísmo.

Prohibir a las religiones defender argumentos (tan absurdos) como el consabido “sin Dios, todo vale” no sería otra cosa que atentar directamente contra la libertad de culto. Nunca he querido decir que se deba prohibir a las religiones difamar sobre el ateísmo, sino todo lo contrario. Las religiones carecerían de sentido si reconociesen que no son necesarias para alcanzar la salvación. Es por ello que he llegado a la conclusión de que prohibir la difamación sobre ateísmo sería atentar contra la libertad religiosa. Que difame quien quiera, le responderé pacíficamente, desde la razón, con argumentos, y no con gritos y fuego. Pero por más que la busco, lo que aún no he encontrado es una razón para pensar que exigir que los Estados tomen medidas contra la difamación religiosa (como hace esta resolución) no sea también un atentado contra la libertad de credo y expresión.

Hace un año un periódico danés publicó unas viñetas en las que representaba a Mahoma (en lo que constituía una clara burla) y algunos fundamentalistas musulmanes respondieron, entre otras cosas, quemando varias embajadas. Éstos son los hechos que han servido de contexto a la resolución del Consejo de Derechos Humanos que aquí critico. Ante una crítica burlesca (que sea acertada o no es irrelevante) y una reacción completamente desmesurada, esta resolución se pone del lado de quienes protagonizaron la reacción desmesurada. No sé si el Consejo de Derechos Humanos será consciente de lo que ello implica: esta resolución constituye en sí misma una difamación del Islam porque asume que quienes queman emabajadas lo representan. Si para la convivencia en una democracia multicultural es importante que nos inclinemos hacia posiciones respetuosas en nuestras críticas, aún lo es más que aprendamos a encajar críticas e insultos (insisto, sean éstos acertados o no).

Muy a mi pesar, si finalmente se aprueba algún tipo de medida que prohíba la difamación religiosa, me veré obligado a hacer algo que hasta ahora jamás he hecho y no me gustaría hacer: empezaré a difamar sistemáticamente de todas las religiones, credos, nacionalismos, políticas y demás. Será ésta la única alternativa a mi alcance: la desobediencia civil pacífica. Si se me priva de un derecho que tanto trabajo ha costado ver reconocido, me veré obligado a ejercerlo sin permiso. Y, dicho sea de paso: si sagrado es aquello sobre lo que no debe permitirse crítica ni burla alguna, entonces nada es sagrado.

(Carta al director publicada en El País el 9 de abril de 2007)

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Tags: Cartas a medios

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