El antropocentrismo nos llevó a creer que éramos criaturas divinas. Veíamos el esqueleto de un dinosaurio y nos inventábamos historias sobre dragones que lanzaban fuego por la boca. Buscábamos explicaciones fantásticas que justificasen nuestros delirios cuando veíamos caer peces del cielo, lagartos correr sobre las aguas o matorrales sufrir procesos de combustión espontánea. Siempre estaba Dios detrás. Hoy tenemos explicación para cada uno de estos fenómenos pero nuestro legado es pesado.
Parece sencillo entender lo que nos pasa. Ortega y Gasset lo expresó perfectamente cuando dijo, “que no sabemos lo que nos pasa, eso es lo que nos pasa“. La receta. Educa a un niño (o niña) en una religión cualquiera. Al hacerlo le estarás dando respuestas para preguntas que probablemente, como niño que es, aún no se ha planteado. Dale una respuesta para cada una de las cuestiones existenciales, ¿quiénes somos? ¿adónde vamos? ¿de dónde venimos? etc. A partir de este momento, el adoctrinado será incapaz de razonar libremente sobre su existencia.
Ahora sólo falta que vincules su educación moral al adoctrinamiento. El sujeto considerará que renunciar a sus explicaciones religiosas supone renunciar también a todo valor ético. Se defenderá airadamente ante todo argumento que contradiga sus creencias como si estuviese defendiendo de ataques a sus sistemas de valores. No será capaz de distinguir lo uno de lo otro. Y lo mejor de todo, es que por su propia iniciativa adoctrinará a su descendencia. El sistema se replica. Hemos creado un meme casi invencible.
Este es el contexto en el que hablamos de nuestras diferencias con los animales. Darwin nos dio ingredientes para pensar pero, como dijo Curt Goetz: “aunque a todos les está permitido pensar, muchos se lo ahorran“. Desde que escuché por primera vez la expresión cuestión de grado pensé que era la respuesta definitiva a la pregunta que da lugar a este pseudoartículo. ¿Hay algo que nos diferencia del resto de los animales?
Resulta curioso que el animal que inventa la palabra animal pierda el tiempo preguntándose si es un animal o no. Podríamos haber excluído a las focas de su definición. Así, hablaríamos de lo inerte, los vegetales, los animales y las focas (según la clasificación aristotélica). Pero no lo hicimos así. Excluir al hombre del concepto animal o buscarle un lugar especial en el mundo responde indudablemente a nuestro legado antropocéntrico.
Hablar de una cuestión de grado presupone que la vida ha ido evolucionando en línea recta hasta llegar al hombre (el ser supremo para el hombre). Es cierto que tenemos una capacidad de transmisión cultural (conocimientos, técnicas, tradiciones, etc.) superior a la de otros vecinos de planeta, pero seguimos sin saber qué pasa por la cabeza de un perro, de una rata y hasta de una hormiga.
Quizá sólo somos el último eslabón de la cadena evolutiva en lo que se refiere a transmisión de conocimientos de unas generaciones a otras pero no deberíamos de concluir, a partir de esta premisa, que en esta cadena todos los seres vivos del planeta pertenecen a un eslabón anterior al nuestro. La evolución no es una línea recta.
Hablando en términos un poco más Darwinianos:
¡Todos y cada uno de los seres vivos que hay sobre la faz de la Tierra son el último eslabón de la cadena evolutiva!








2 respuestas ↓
1 Consuelo // Jul 20, 2008 at 11:21 pm
A. Comte-Sponville.
2 H. // Jul 20, 2008 at 11:22 pm
A. Comte-Sponville
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