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Carlos Capote

Una historia casi tan asquerosa como trabajar

9 de Enero de 2006 · Sin comentarios

No soy una persona muy dada a las intuiciones ni adivinaciones, si es que son dos cosas distintas. Supongo que será porque siempre acierto y ya sabemos que la repetición mata el interés. Hoy era día de vuelta al trabajo. No sólo por ser lunes, también por ser el primer día de trabajo del año y el primer día tras unas vacaciones. Desperté con un mal sabor de boca que me avisaba de algo pero no sabía interpretar de qué. Traté de quitármelo con enjuague bucal antes y después de desayunar. No sirvió de nada. El sabor era quizá la materialización del mal aliento aunque algunos, ignorantes ellos, dirían que el aliento era la manifestación del mal sabor de boca y no al revés.

Seguí mis rituales matutinos a pesar del percance que, aunque leve, me estaba empezando a obsesionar. Entré en el cuarto de baño, mal llamado aseo por quienes ignoran que éste es una versión reducida y sin bañera del primero. Examiné detenidamente la dentadura de mi reflejo en el espejo. No encontré nada de interés, salvo un pequeño universo paralelo que puso allí mi imaginación. Acostumbro a lavarme los oídos y los agujeros de la nariz con bastoncillos de algodón. Sé que suena a marranada pero hecho con cariño es un gustazo y con buena técnica resulta higiénico y saludable. Insisto en lo de la buena técnica porque hay quien tiende a eliminar demasiada cera de los oídos y se hace inconscientemente daño.

Después de la limpieza nasal pude observar, o mejor dicho, oler con claridad el origen del mal sabor de boca. El día olía mal. En un principio pensé que podría tratarse de comida en descomposición y revisé la cocina de arriba a abajo. A continuación revisé la casa entera. Llegué a la conclusión de que quizá el mal olor era sólo consecuencia de la cantidad de días que llevaba el piso sin una ventilación adecuada, por encontrarme yo de vacaciones, claro. Cuál fue mi sorpresa, cuando abrí la ventana del salón y entró una densa nube de olor, hedor más bien. Era un hedor del tipo ácido, del que recuerda a vómitos o a cadáveres en descomposición. La situación me pareció más que curiosa. Intrigante. Pero tenía que ir a trabajar y no podía perder más tiempo con el asunto. Además, ya sabía que el hedor no venía de mi casa. Cerré ventanas y puertas, y pensé seguir investigando al volver del trabajo. Craso error.

Según me acercaba al trabajo el hedor se hacía más fuerte, más intenso. Durante los dos kilómetros de recorrido, a pie, sentí como la atmósfera se hacía más densa. Llevaba la nariz completamente tapada por la bufanda y aún así no podía respirar sin sufrir arcadas. Me detuve frente a la puerta de las oficinas donde trabajo y supe que el hedor venía de dentro. Era tal el rechazo que me provocaba el olor a esas alturas que me costó horrores abrir la puerta.

Miles de larvas babosas, cucarachas y arañas fueron vomitadas sobre mí. Cayeron como los trastos de ese armario que nunca abrimos porque sabemos que se va a venir abajo en cuanto lo hagamos. Una sustancia gelatinosa unía la masa de contenido estomacal expulsada violentamente sobre mí por la oficina. No podía creer lo que me estaba pasando. Vomité. Y mi vómito resultó combinar a la perfección con la pasta viviente de bichos que trataban de subirse a mi cuerpo. Y observé cómo me convertía en uno de ellos.

Después de todo, comprendí que, aunque sólo nos demos cuenta cuando volvemos de vacaciones, en eso consiste trabajar.

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Tags: Desvariaciones

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