Pasó por mis manos algo curioso. MantenÃa su aspecto aunque lo mirase desde el ángulo más insospechado. PodÃa pasarme horas maravillado girándolo y examinando su superficie. No es de extrañar que al perro le fascinase de igual manera. Probé a lanzarlo para comprobar si mantenÃa su aspecto conforme se alejaba. Un gran regocijo me invadió al ver cómo se comportaba el extraño elemento al entrar en contacto con el suelo. Al tiempo que se alejaba describÃa una trayectoria curva. Impactaba con la superficie lisa enmoquetada, ascendÃa hasta un determinado punto y comenzaba un nuevo descenso. La máxima altura alcanzada con respecto al suelo por las curvas disminuÃa con cada impacto. Después de un número indeterminado de impactos contra el suelo, el objeto se detuvo.
Tras la insistencia de mis padres, mi hermana mayor, mi abuela y algunos individuos más que no pude identificar jamás, comprendà que el sonido “pelota” hacÃa referencia al mágico objeto. Me pareció una idea genial la de asignar sonidos, luego supe que se llamaban nombres, a los objetos. Unas semanas de prácticas me convirtieron en un experto hablador, aunque mi vocabulario era por aquel entonces de una sóla palabra, o más bien, media.
Una vez aprendida la lógica del sistema de identificación sonora gracias al ejemplo de la pelota, me resultó sencillo comprender que casi todas las cosas habÃan sido ya bautizadas. El sistema empezó a disgustarme en este momento, porque no comprendÃa la necesidad de asignar nombres a todas las cosas. Biberón, perro, abuela o pelota eran dignos de ser distinguidos de otras existencias insignificantes como fachada, neumático, cable o gotera. Estos últimos no merecÃan nombre.
Las experiencias me hicieron comprender, o quizá sólo aceptar, que los nombres eran cajas vacuas y no otorgaban ningún grado de distinción a quienes los poseÃan. Biberón perdió su dignidad cuando supe que las botellas con pezones de otros bebés recibÃan el mismo nombre. También sus esféricos juguetes botantes se llamaban pelotas y, ¡dios mÃo!, incluso las simpáticas señoras mayores que les hacÃan muecas se llamaban también abuelas.
Me sentà desengañado a la vez que orgulloso. Desengañado porque la nomenclatura no servÃa para distinguir inequÃvocamente unas cosas de otras, más bien, servÃa para clasificarlas en base a determinadas caracterÃsticas. AsÃ, mi pelota, que para mà habÃa sido durante un tiempo el único ente del mundo con nombre, era ahora un ente más, con un nombre que debÃa de compartir con todas las pelotas conocidas y por conocer. Y orgulloso, porque las contadas palabras que conformaban mi vocabulario cubrÃan un espectro infinitamente superior al que yo habrÃa podido imaginar en primera instancia. Ahora sabÃa como llamar a un perro cualquiera aunque fuese la primera vez que lo veÃa. Perro.
El sistema de nombres era y es un sistema en exceso autoritario. Las cosas ya tienen un nombre asignado cuando uno nace, de manera que al recién llegado al mundo sólo le queda la resignación. Asà es como empiezan las preguntas. Basta con mirar a un adulto, señalar un objeto, y emitir ese sonido que corresponde a un interrogante sin pregunta que sólo los bebés saben pronunciar correctamente. El adulto en cuestión, al tiempo que siente reafirmada su superioridad y sabidurÃa, pronuncia de inmediato el sonido deseado. Es un mecanismo infalible para aprender los nombres de las cosas. En unos minutos puedes recorrer por completo una habitación obteniendo los nombres de cada cosa, por insignificante que sea o parezca. A pesar de todo, las prácticas han demostrado que es conveniente disponer de más de un adulto para realizar este tipo de tareas. Se cansan con extrema facilidad.
Una vez aprendido el concepto bebé, comprendà aquello que más tarde supe que constituÃa las bases filosóficas del altruismo. Yo era un bebé. Y cada uno de esos especÃmenes pequeños que caminaban torpemente, se alimentaban de biberones y lloraban sin parar, eran también bebés. Yo como uno más. Los demás como muchos yo.
Me llamaban Caco. Asà que supuse que Caco serÃa un sinónimo de bebé. Cual fue mi sorpresa cuando me corrigieron por llamar Caco a cada uno de los bebés del parque. Me costó algún tiempo y esfuerzo comprender que existÃan un tipo de nombres especÃficos, los nombres propios, para cada individuo. Aberración. ¿Por qué entonces, crear nombres no especÃficos?, ¿dónde reside la necesidad de categorizar? Mi pelota merecÃa un nombre que la distinguiese de cualquier otro ente en el universo. Lo que no merecÃa era ser humillada etiquetándola con un nombre que debÃa compartir con un número innumerable de bolas de material elástico. Cuando algo no tiene nombre especÃfico es reducido a una instancia de una categorÃa previamente establecida. No tiene identidad. No es nada.
En un acto de solidaridad, me dediqué a asignar nombres propios a todo aquello que parecÃa merecerlo. Los bigotes de la gata, por ejemplo, merecÃan ser identificados. De no ser asÃ, serÃan sólo los bigotes de un felino más.
Una vez más el mundo cayó sobre mà con todo su peso. Cuando habÃa aprendido los nombres especÃficos de casi todas las personas que existÃan de forma permanente, mi padre, mi madre, la abuela, mi hermana, el perro y el gato, e incluso el de algunas de esas personas que existÃan de forma esporádica, como esas que sólo existÃan cuando yo las veÃa en el parque, sucedió la catástrofe.
Los nombres especÃficos habÃan sido mi salvación. El mundo me parecÃa un lugar habitable gracias a ellos. ¿Cómo pretendÃan ahora que aceptase la existencia de dos seres con un mismo nombre propio? Los nombres no especÃficos tenÃan la utilidad de categorizar, los especÃficos la de identificar. Un nombre propio repetido constituÃa la aberración de una aberración. No tenÃa utilidad alguna.
Si aceptaba esta premisa, los nombres especÃficos, o propios, ya no serÃan lo que eran. La tarea de asignar nombres especÃficos a las cosas perdÃa toda su utilidad si éstos no eran únicos. Un nombre no especÃfico nunca otorgó identidad, pero fue útil para clasificar, un nombre especÃfico no único, ni sirve para clasificar, ni otorga identidad. Es sólo una costumbre. Todo aquello que hube bautizado para salvarlo de la inexistencia, volvió a no existir. La pelota, los bigotes de la gata e incluso yo, de nuevo, no somos nada.








0 respuestas ↓
Si crees que tienes algo interesante que aportar, sírvete. En caso contrario, di alguna tontería.
Dejar un comentario