Ayer fue un gran dÃa para mÃ. Yo era otra persona hasta lo del incidente del callejón. Era como una tarta de cumpleaños a la que aún no han puesto las velas, como un televisor sin los canales sintonizados, como una fotografÃa sin revelar. Me faltaba algo. No es que me faltase demasiado para estar completo, para ser una persona. Es sólo que lo que me faltaba era lo más importante.
Algunos dicen que toda persona está completa, que con el tiempo uno se forma, que uno puede desarrollarse en mayor o menor medida en distintos ámbitos, pero que sólo por existir, se está completo. Yo sé que no es asÃ, porque yo hasta ayer era sólo medio yo, como la y griega del pronombre, que sin la o, ni es pronombre ni es nada. Separas la y de la o, y en vez de un pronombre que denota identidad, tienes dos conjunciones y nada que unir. Tan vacuo e inútil como pegamento sin nada que pegar.
Hasta ayer tenÃa un serio problema con la ética, quiero decir, con aquello que nos permite distinguir lo que está bien de lo que está mal. Me habÃan enseñado a distinguir el bien del mal por imposición. Ha sido un cinturón el que me ha dicho en las nalgas qué está bien y qué está mal. Lo he aprehendido pero no aprendido a base de muchos golpes de hebilla y de ejercicios de repetición de cánticos repetitivos, válgame la redundancia.
Me resulta complicado explicar a alguien cómo entendÃa yo la ética hasta que pasó lo del callejón. Mis principios éticos se basaban en el plagio de conductas de aquellos a quienes me habÃan dicho que obraban correctamente. Ante problemas nuevos, problemas para los que no encontraba un modelo de conducta plagiable, distinguÃa el bien del mal limitándome a realizar operaciones lógicas tras analizar los contenidos de los cánticos aprehendidos por la vara de la justicia, que dice mi padre que asà llama Dios a las hebillas de los cinturones. Sin opinar, que dice mi padre que no soy nadie para opinar sobre lo que está bien y sobre lo que está mal, sin buscar coherencias o incoherencias, sólo analizando frÃamente una situación y comparándola con el código oculto en los versos de los repetitivos cánticos.
Cuando atravesé el callejón y vi lo que vi, tuve que hacer un tremendo esfuerzo mental para recordar de golpe todos los cánticos conocidos. Tuve que escudriñar rápidamente sus contenidos para poder evaluar si lo que estaba viendo era bueno o malo. Para saber hasta qué pundo debÃa escandalizarme. Sé gracias a sus versos que los insectos, las palomas y las ratas son malos. Sé que los hijos no deben ir por la calle sin sus padres, o en el mejor de los casos, sin su previa autorización por escrito. Sé que lo lascivo es malo. Que el desnudo es lascivo. Que el exhibicionismo es doblemente malo.
Lo que sucedió, si obviásemos el análisis ético, es que al entrar en el callejón vi cruzar la calzada a un pequeño ratón. Tan simple como eso. Sin embargo, obviando el análisis ético, estamos obviando lo más importante de la historia. Es necesario recordar, antes de proceder a reproducir el análisis tal y como fue realizado por mi antiguo yo, mi yo incompleto, que para mà los análisis éticos no buscaban coherencia alguna. Eran los cánticos los que opinaban, yo me abstenÃa de hacerlo siguiendo el consejo de mi padre.
Mi análisis comenzó por evaluar el sujeto de la acción, el ratón. El ratón es malo por definición, porque los insectos, las palomas y las ratas son malos, lo dice un cántico muy importante. El ratón que yo vi era pequeño, una crÃa, y no iba acompañada, es más, los ratones no saben escribir, asà que era seguro que no tenÃa autorización para ir por la calle. Y lo peor de todo, no llevaba nada de ropa, se trataba de un descarado acto de exhibicionismo.
El número de infracciones me pareció tan excesivo que, impotente, rompà a llorar, gritar y patalear. Las luces de algunos balcones se encendieron, los vecinos se preguntaban de dónde venÃan los gritos. Cuando me localizaron se empezaron a preguntar qué me pasaba, pero ninguno vino a preguntarme a mÃ. Después de una o dos horas seguÃa gritando y retorciéndome, en medio de la calzada, con la camiseta ya destrozada de arrastrarme llorando y suplicando ayuda divina, o la ayuda de mi padre, que consideraba divina. El primero en dirigirse a mà fue un conductor que pretendÃa cruzar el callejón y vio obstaculizado su camino por mi cuerpo, que aún se retorcÃa en la calzada. Le expliqué que acababa de ser vÃctima de un cruel acto de exhibicionismo - ¡Ha sido una rata, que carecÃa hasta de la autorización necesaria para ir sóla por la calle! - imploré.
Al conductor le pareció tan absurda mi afirmación que la ignoró y oyó lo que quiso. Me llevó a comisarÃa y puso en mi nombre una denuncia por exhibicionismo, pederastÃa y acoso sexual, alegando que un “inmigrante ilegal” habÃa intentado abusar de mà en el callejón.
No necesité repasar cántico alguno para saber que llamar ilegar a una persona está mal. He aquà el gran cambio. Mi transformación. Descubrà que no necesitaba la ayuda de los cánticos para discernir lo que está bien de lo que está mal. Entendà que la violencia no funciona como método educativo. Entendà que imponer una concepción del bien y el mal está mal. Entendà que el desnudo es algo natural, y como tal, no está ni bien ni mal. Entendà que mirar desde el balcón a quien necesita ayuda y quedarse de brazos cruzados está mal. Entendà que buscar motivos para justificar un odio, como era el del conductor hacia los inmigrantes, está mal, muy mal.








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