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Hoy la escalera es deleble

1 de octubre de 2005 · Sin comentarios

Hoy es otro de esos días que me pasan cosas que creo que sólo me pasan a mí. Vivo en un segundo sin ascensor pero no me quejo de eso. De hecho, hasta hace poco vivía en un cuarto también sin ascensor.

El caso es que juraría que llevo unos quince minutos subiendo y sigo sin llegar a ningún piso. Tras un rellano me encuentro otro y tras este otro, uno más. Siempre tengo la esperanza de que mi esfuerzo será el último y que sólo me faltan unos pocos escalones para llegar a casa, pero no hay manera.

El recorrido de esta escalera siempre ha pasado para mí desapercibido, unos pocos escalones y rellano, otros pocos y primero. Repetimos la operación y ya estamos en el segundo. Hoy debe fallar algo porque no llego jamás al primer piso.

A pesar de lo corto que es normalmente el camino, suelo cruzarme con algún vecino. Es cierto que no solemos pasar del hola y adiós pero al menos deja entrever cierta actividad en el bloque y me hace sentirme, si no acompañado, sí al menos rodeado de algún tipo de forma de vida.

Quizá si no fuese tan goloso habría desayunado sin cereales y no me habría pasado esto. Según mis cálculos, por la velocidad a la que voy y el tiempo que creo que llevo subiendo, debo haber dejado atrás ya más de cien rellanos. El hambre ya me mata y encima la bolsa me va golpeando las rodillas a cada paso, así que decido parar para tomarme los cereales.

Me siento mirando escalera abajo. Porque es mucho más cómodo, claro. Echo de menos algo de zumo, leche, o agua para bajar los cereales, que a puñados y en seco quitan el hambre pero dan bastante sed.

Harto ya de comer y cargar cereales decido dejar en este peldaño los que me quedan y seguir mi marcha. Me levanto y, cuando doy la vuelta para continuar con el ascenso, veo que la escalera ha desaparecido y sólo quedan tres peldaños delante de mí. Y al final de ellos, nada.

Si, desde un primer momento, me hubiese visto en esta situación, seguramente me habría aterrorizado. Pero después de haber recorrido ya cientos de rellanos sin explicación alguna, estaba demasiado cansado como para poder sentir miedo. Por pura lógica, y por ser la única alternativa que tenía, decido rectificar mi última media vuelta para comenzar el descenso. Pero, al girarme, veo que por detrás sólo tengo otros tres escalones. Y al final de ellos, la misma nada que antes.

Los cereales ya no están, así que hago un pequeño recuento. Estoy yo y, bajo mis pies, cinco o seis peldaños que aparecen, o desaparecen, según suba, o baje. Nada más. Puedo subir o bajar eternamente, pero sólo veo los tres peldaños siguientes. O anteriores, según se mire. De hecho, quizá sean siempre los mismos y soy yo el que los interpreta como siguientes o anteriores.

Pasadas ya unas horas, mis piernas no responden y tengo que parar. La intención de parar la tengo clara, pero el hecho de que las piernas no puedan continuar, no significa que sí puedan parar. Llevo tantas horas repitiendo el bucle, que al enviar desde mi cerebro a mis piernas la orden de parar, no son capaces de interpretarla y caigo precipitándome escaleras abajo, de tal manera que mi cabeza golpea fuertemente una superficie vertical de madera produciendo el escándalo consecuente. La superficie vertical, la puerta de mi casa. El escándalo provoca la lógica llamada de atención de los vecinos. Pido perdón, abro la puerta de mi casa y hoy desayuno sin cereales.

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