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Carlos Capote

El epitafio de Rigoberto

12 de Abril de 2006 · Sin comentarios

Rigoberto siempre quiso elaborar una frase célebre. De todos los objetivos que uno se puede plantear en la vida, éste es de los más sanos, se decía. Las frases cambian el mundo, pensaba a veces. Él sabía que no era cierto. Sabía que las buenas frases sólo resumen ideas más amplias. Una frase célebre sin una idea más amplia detrás es como una cáscara de plátano sin plátano, un mero envoltorio, una cáscara. Pero a él nunca le disgustaron los envases.

No quería ser filósofo, ni escritor, ni profesor, todas esas ideas le parecían muy aburridas. Él no quería revolucionar el mundo con una nueva reflexión. Le daba igual si las frases que le salían empaquetaban ideas de otros autores. Le habría dado igual, incluso, que sus frases no transmitiesen idea alguna. Su verdadero objetivo era la musicalidad misma. Una frase célebre que no es musical, tampoco es célebre, aseguraba. Para él lo importante era que las frases tuviesen gancho, no mensaje. Si Descartes triunfó con pienso luego existo, es que el mensaje es lo de menos, se decía para convencerse a sí mismo.

Llevaba ya varios años con la maldita obsesión de parir una frase musical y todos los días acababa escribiendo las mismas insignificancias. Mira en torno a ti, y verás tu entorno, escribió hace unos días. Sabía que sus frases eran muy malas pero confiaba en que el trabajo constante acabaría por descubrir su lado creativo. Sólo una cosa le aterraba en este mundo, y era morir sin dejar una buena frase como legado. Por eso no faltaba ni un día a su cita con el papel, el lápiz y las palabras. Una frase son sólo palabras, escribió una vez. Las frases sin mensaje no tienen mensaje, escribió en otra ocasión.

Algunas de sus frases empezaban a tener sentido, pero él no buscaba sentido sino musicalidad. No sabía muy bien qué haría el día que por fin diese con la frase que buscaba, pero tenía una idea. Necesitaba un epitafio. Una persona que había dedicado tantos años a buscar una buena frase no podría morir sin un epitafio célebre. Sería una vergüenza. Por eso había iniciado algunos papeleos con una funeraria moderna. A través de su página web esta funeraria te permitía, con sólo rellenar un formulario, diseñar tu entierro con todo lujo de detalles.

A Ribogerto no le preocupaba en absoluto cómo sería su entierro, pero sí le preocupaba lo que pondría en la última de las casillas, el epitafio. Había rellenado todos los datos del formulario meses atrás, pero aún no había encontrado un epitafio, ésta era la única casilla del formulario que, donde debería figurar una frase de Rigoberto, aún ponía: “Escriba su frase aquí”. Nunca la llegó a escribir.

Tremenda la desdicha de Rigoberto, que murió antes de encontrar la frase que buscaba. Quién le iba a decir que su epitafio sería una invitación a la escritura de frases. Quizá lo hizo a posta. Hoy se cuentan por centenas las personas han escrito sus frases en el sepulcro de Rigoberto.

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Tags: Cuentos y poemas

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