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El cuentacuentos que no tenía miedo a nada

1 de octubre de 2005 · Sin comentarios

Como siempre, me moría de ganas de estallar de risa mientras salían corriendo despavoridos. Pero permanecer mirando el fuego, imitando estar en trance y simular ese tic del ojo izquierdo, daba más credibilidad a la escena. Alguna vez, un valiente miraba hacia atrás mientras huía, supongo que esperando ver como me partía de la risa. En ese momento, el truco tic-trance surtía efecto y los asustados valientes huían aún más rápido.

La Noche de Terror del pueblo siempre ha sido la mejor. Es la única en la que suelo dejarme ver. Se puede decir que a eso se reducen mis relaciones sociales. Los niños se reúnen en las afueras para contar sus propias historias terroríficas a medianoche. Mis apariciones favoritas son esas en las que te escondes en las sombras y permaneces allí, a escasos metros de ellos, durante horas, sin que adviertan tu presencia. Terminan sus sesiones y se produce ese silencio que significa: “Estamos cansados, vamos a dormir”. Me gusta romperlo con mi voz ronca, hablándoles despacio:

- “Algunas de las cosas que se dicen sobre mí son ciertas. Pero no os haré nada si las escucháis de mi voz.”

Más de una vez han acabado sus sesiones de cuentos con alguno verdaderamente terrorífico sobre ese extraño hombre que ronda los bosques del pueblo sin dejarse ver. Yo. Es entonces cuando mi primera frase surte más efecto.

Ninguna de esas historias es cierta pero yo hago lo posible para que crean que sí. Esto enriquece mis esporádicas relaciones sociales. Se dice que yo era un brujo padre de familia, que dedicaba más tiempo a extraños ritos satánicos que a mi pequeña hija. Se dice que, un día, invocando al demonio, provoqué un incendio en casa, y que me adentré y rescaté una muñeca de vudú pero dejé a mi hija morir bajo las llamas.

Lo cierto es que nunca he tenido ninguna hija, ni se me ha quemado ninguna casa, pero desde la primera vez que oí la historia llevo colgada del cuello una pequeña muñeca de vudú. También soy amigo de un perro que parece un lobo y aúlla como tal. No me corto las uñas, ni el pelo, desde hace dos o tres años.

Los más jóvenes, no creen que yo exista. Los no tan jóvenes, les tratan de convencer de que me han visto hacer cosas terribles con sus propios ojos. Una vez lo dijo un tuerto y fue muy divertido. Los adultos les tienen prohibido hablar de mí.

Mi aparición, ese día, no fue la mejor. Pero había dos jovencitos que no me habían visto nunca y se asustaron mucho. Acababan de salir corriendo y yo ya estaba pensando que me faltaba otro año para volver a verlos. Para volver a olerlos. Para volver a asustarlos.

Para mi sorpresa, los ineptos padres de los cobardes jovenzuelos habían conseguido organizarse en un plan estratégico para apresarme. Los inútiles me habían rodeado. Todos portaban algún tipo de objeto contundente: palas, picos, azadas…

- “¡Era cierto! ¡Lleva la muñeca de vudú en el cuello!”

Miro al avispado campesino y sonrío. Aunque pueda ser uno de mis últimos instantes de vida, no quiero tirar por la borda en un abrir y cerrar de ojos tantos años de trabajo creando la imagen que tienen ahora de mí. Imagen de la que quieren deshacerse.

Cerraban el círculo en el que me apresaban a la par que sus ojos se llenaban de sangre. De sangre, rabia y odio.

Quizá fue la providencia divina, o tal vez sólo la buena voluntad de uno de estos armados y no por ello menos inútiles padres, la que intervino en mi favor solicitando la calma. Alegando que, como seres civilizados que eran, no podían resolver un asunto como este en caliente. Había que apaciguar los ánimos y tratar el asunto con frialdad y cordura. Habían dedicado todas sus vidas dedicadas a luchar por la no violencia, por el respeto al prójimo, por erradicar del pueblo los robos, la inmundicia y la pena de muerte.

No fui encarcelado sino enjaulado en el centro de la plaza del pueblo. Ahí, estos seres civilizados podían insultarme, escupirme y apedrearme a su antojo hasta que se produjese el juicio. Juicio que tardaba porque, antes de iniciarlo, querían someter a referéndum la reinstauración de la pena de muerte.

Fue durante esas semanas cuando comenzaron los asesinatos. El primero en morir fue el hijo mayor del panadero, encargado por su propia voluntad de mi alimentación hasta que comenzase el juicio. El segundo, fue aquel alma caritativa que solicitó la calma de los feroces y armados padres mientras yo era apresado. Creo que los siguientes asesinatos fueron venganzas de estos primeros, porque las víctimas nada tenían que ver con los defensores del extraño ser que habían enjaulado. El pueblo era pequeño y poco tardó en notarse la falta de las decenas de hombres, mujeres y niños que habían muerto. Yo lo noté porque dejó de llegar comida y tuve que contentarme con los insectos que merodeaban la jaula y con las frutas podridas que me lanzaban.

Por fin, aprobada la reinstauración de la pena de muerte, comenzó el juicio y cesaron las hostilidades entre los vecinos. Para mí, fue una gran noticia porque pasé de la jaula de las humillaciones a la prisión de las torturas.

El juez era, en realidad, un profesor promocionado, porque los dos jueces del pueblo habían sido asesinados durante mi enjaulamiento. Los miembros del jurado estaban ahora enfrentados entre sí por el deseo de venganza de los asesinatos cometidos por y contra ellos mismos. Todos y cada uno de ellos echaban en falta a algún ser querido. Todos habían olvidado, a esas alturas, por qué estábamos allí.

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