Cualquiera que esté mÃnimamente familiarizado con la obra de Russell y, por tanto, con él mismo, sabrá que se trataba de una persona tan inteligente como preocupada por la moral. Sus palabras no eran sólo retórica como demuestra su historial de activismo pacifista. Me atrevo a decir que una frase suya resume a la perfección toda su filosofÃa: “La buena vida es una vida inspirada por el amor y guiada por el conocimiento”.
Por qué no soy cristiano no es una obra planificada como tal. Más bien, se trata de una recopilación de diferentes charlas y artÃculos en los que el filósofo trata temas relacionados con la teologÃa y la moral basada en dogmas. Algunos de sus puntos de vista sobre las religiones y el dogmatismo pueden parecer desmedidos pero al contextualizarlos se aprecia en ellos una gran templanza.
Es indudable que, a lo largo del siglo XX, esta obra ha sido una de las más influyentes en lo que a teologÃa (o más bien ateologÃa) se refiere. No en vano, ha sido seguida de obras como: ¿Por qué soy cristiano? ¿por qué todavÃa soy cristiano? ¿por qué aún soy cristiano? ¿por qué no soy musulmán? y tantas otras…
Al hablar sobre el pensamiento fundamentalista Russell acostumbra a ser neutro y tratar por igual cualquier tipo de corriente de pensamiento basada en dogmas. Asà pues, afirma, (con gran acierto a mi entender) que las atrocidades cometidas por los comunistas de mano de Stalin, por los nazis de mano de Hitler, o por la Iglesia de mano de la Inquisición, en el fondo, tienen las mismas bases.
“Lo que el mundo necesita no es dogma, sino una actitud cientÃfica, combinada con la creencia de que la tortura de millones de personas no es deseable, ya la inflija Stalin o una deidad imaginada a semejanza del creyente.”
La recopilación de artÃculos se abre con uno que lleva el mismo nombre que el libro, o quizá deberÃa decir: con el artÃculo que le da nombre. Éste es quizá uno de los más interesantes, siendo en él donde Russell trata algunos temas tan interesantes como la existencia de Dios o los defectos de las enseñanzas de Cristo. También reseñable es la transcripción del debate radiado entre Bertrand Russell y el padre F. C. Copleston, donde debatÃan sobre la existencia de Dios desde un punto de vista filosófico y moral. Por último, me parece muy de agradecer, por la labor de contextualización que supone, la inclusión de un capÃtulo dedicado a explicar cómo evitaron los conservadores que Russell diese clases en la Universidad de la ciudad de Nueva York.
Como suele pasar con sus obras, su lenguaje claro y directo, su capacidad para la ironÃa y la inteligencia que hay detrás de sus pensamientos hacen de ésta una lectura interesante, asequible a todos los públicos y divertida. ¡Puaj! esto último me ha quedado asquerosamente publicitario.









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