El lenguaje claro y llano que utiliza Stuart Sutherland a lo largo de toda la obra la hace accesible a todos los públicos; eso sÃ, respetando el rigor necesario para conseguir el objetivo: demostrar el predominio de la irracionalidad. “Hasta hace poco, los filósofos, los psicólogos y los economistas daban por descontado que, en general, los hombres actúan de forma racional“. A través de innumerables experimentos psicológicos y experiencias de la vida cotidiana, Sutherland defiende su teorÃa de que el hombre, en esencia, es un animal irracional.
Como serÃa de esperar, se hacen necesarias algunas aclaraciones sobre lo que el autor entiende por irracionalidad. A este respecto, nos explica: “Es importante distinguir la irracionalidad de la ignorancia, que también existe a gran escala. En 1976, el 40 por ciento de los ciudadanos americanos creÃa que Israel era un paÃs árabe“. Queda claro que Sutherland no considera irracional una acción si la persona no disponÃa, en el momento de realizarla, de los conocimientos necesarios para realizar una acción con más probabilidades de éxito. Pero esto no es todo, también “hay que establecer una distinción entre irracionalidad y error. Para ser irracional, la acción tiene que realizarse deliberadamente. Pero un error cometido de forma involuntaria no es irracional, aunque sea un error“.
Un ejemplo rápidamente entendible de irracionalidad es la incapacidad de posponer un juicio. Tomar una decisión de forma precipitada o llegar a una creencia antes de disponer de todos los argumentos necesarios son acciones irracionales. “Quienquiera que haya sido miembro de una comisión habrá oÃdo decir: ‘no podemos hacerlo: sentarÃa un precedente’. Este comentario es totalmente irracional. La acción propuesta contra la que se dirige puede ser razonable o no serlo. En el primer caso, realizarla sentará un buen precedente; en el segundo, no se debe realizar. En consecuencia, que siente o no un precedente es irrelevante“.
El “error de disponibilidad” es uno de los errores de pensamiento más frecuentes. Aparece descrito en los primeros capÃtulos (que le dedican varias páginas). No en vano, a lo largo de la obra volvemos a encontrarnos en repetidas ocasiones con él. “Prestamos más atención a la mala conducta que a la normal, asà que nos impresiona más que un miembro de un grupo minoritario se comporte de forma indebida. Un notable ejemplo procede de la época en que las mujeres apenas conducÃan. Cuando una mujer cometÃa un error de conducción, los hombres la miraban y decÃan: ¡Dios mÃo!, ¡Otra mujer conductora! Las mujeres que conducÃan bien no destacaban, por lo que nadie se fijaba en ellas“. Algunos animales irracionales aún son vÃctimas este prejuicio. También resulta curioso que este defecto en el pensamiento sea el mismo que tanto abunda entre racistas y xenófobos. Por otro lado, los organizadores de loterÃas y otros concursos dedican grandes esfuerzos a recordar a los ganadores y premios de ediciones anteriores; lo que nunca hacen es publicidad sobre esa gran mayorÃa que no ganó nada.
“Hay experimentos que demuestran que, cuando varias personas son testigos de un hecho que requiere su intervención, se sienten menos responsables que si están solas. En un estudio se les dijo a los sujetos, estudiantes universitarios de primer curso, que iban a hablar de las dificultades de adaptarse a la vida universitaria. Se oÃan unos a otros, pero no se veÃan. El número de sujetos presentes variaba de uno a cuatro y, además, siempre habÃa un cómplice que fingÃa ser un estudiante de verdad. Durante la conversación, el cómplice reveló que era epiléptico y poco después fingió un ataque. Cuando sólo habÃa un estudiante presente, el 85 por ciento de ellos informó al experimentador; cuando habÃa dos o cinco sujetos, sólo el 62 y el 32 por ciento, respectivamente, le informaron. Es evidente que cada uno creÃa que la responsabilidad de intervenir era de otro“. Este ejemplo me parece tan esclarecedor como escalofriante. Millones de personas, sabiendo que hay miseria en el mundo, sabiendo que somos parte responsable del problema y sabiendo que podemos ser parte activa de la solución nos miramos cruzados de brazos unos a otros. “Es culpa de los gobiernos” -dicen algunos-. TonterÃas.
Cada capÃtulo concluye con una serie de recomendaciones que pueden llevarnos a ser un poco más racionales en nuestras decisiones cotidianas. Alguien podrÃa pensar que ésta es una tarea incómoda y que quizá no merezca la pena. Según Sutherland ésta es una práctica que, con el tiempo, acaba siendo espontánea: “Para ponerse en la situación de obrar bien sin pensar, es decir, sin considerar qué es lo racional, hay que pasar por un periodo en que se actúe deliberadamente de un modo que moldee el carácter en la lÃnea deseada: en eso consiste realmente la racionalidad“.










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