No sé muy bien cómo llegué a dar con este libro ni sé lo que esperaba encontrar en él. La cultura samurái me resulta extraña, curiosa, horrible y al mismo tiempo fascinante. Es una de estas cosas para las que no encuentro término medio. Algunos de sus preceptos me escandalizan, me resultan incomprensibles e incluso intolerables. Otros me parecen de una elevada cultura y de una ética ejemplar.
Me escandaliza, por ejemplo, ¡su desprecio por el aprecio a la vida! Y es que son constantes en este libro las críticas a quien no está dispuesto en cualquier momento a morir. Supongo que también hay un componente positivo en esta filosofía y es la superación del miedo a la muerte. Y también supongo que debería de profundizar en el contexto histórico que rodeaba a la cultura samurái. Pero así y todo algunos de sus dogmas me resultan terroríficos:
“En el momento crítico, cuando existen tantas posibilidades de vida como de muerte, es necesario escoger la muerte de forma inmediata.” (pág. 21)
“Un samurái sólo lo es de verdad cuando no tiene otro deseo que morir rápidamente.” (pág. 28)
“Debe empezarse cada mañana meditando tranquilamente, pensando en la hora final e imaginándose las diferentes maneras de morir: alcanzado por una flecha, por una bala, atravesado por el sable, ahogado en agua [...] Se debe comenzar el día pensando en la muerte.” (pág. 104)
Pero no todo en la cultura samurái es violencia, sangre, cabezas cortadas y muerte. De hecho, he encontrado en este libro algunas nociones éticas que ya quisiera haber escuchado alguna vez en primaria y que quizá deberían formar encontrarse entre nuestras enseñanzas básicas de ética. Una de ellas me hace entender, en parte, su actitud ante la muerte:
“Si uno se prepara mentalmente, y con anticipación, a la idea de quedar mojado, no se sentirá muy contrariado por la llegada de la lluvia. Se puede aplicar beneficiosamente este principio a cualquier circunstancia.” (pág. 49)
Gran parte de sus nociones éticas versan sobre algo que en ocasiones tratamos como si fuese un descubrimiento de occidente del que deben aprender otras culturas. Y es que con el método crítico de Karl Popper y su defensa de la sociedad abierta parece que hubiésemos inventado la rueda cuando otras culturas llevaban cientos de años (digo cientos por decir algo) hablando de la importancia de someter sus ideas a crítica. Tanto habían hablado sobre la crítica que no sólo entendían la importancia del contenido de las críticas sino que daban también importancia a su forma, a la manera en que hacemos crítica a otras personas. Es que tan importante es que aprendamos a recibir críticas como que aprendamos a hacerlas correctamente, con empatía y asertividad.
“Si deseáis perfeccionaros, el mejor medio para conseguirlo es solicitando la opinión de los demás y aceptando sus críticas.” (pág. 59)
“Aunque aquel que no tenga experiencia no la conozca, existe un medio de descubrir la verdad, aunque no se haya sabido discernirla por uno mismo. Esta vía consiste en hablar con el otro.” (pág. 32)
“La crítica no debe producirse antes de haber discernido si la otra persona la va a aceptar; es necesario que primero mostremos amistad, que compartamos sus intereses y nos comportemos de manera que el otro nos muestre toda su confianza, de modo que pueda tener fe en nuestras palabras.” (pág. 25)











1 respuesta ↓
1 Chinchi // oct 13, 2008 at 9:34 pm
Buenas noches, Carlos.
Gracias por habilitar este espacio. Sé que te lo habrán dicho muchas otras veces, pero no por ello quiero dejar de hacerlo personalmente: enhorabuena por tu blog; me fascina el modo en que empleas tu privilegio.
Tengo una tontería a colación del artículo sobre el Hagakure. Pero antes de nada, me gustaría decirte que alabo tu interpretación del contenido del cuaderno. Y la considero perfectamente válida y objetivamente -si eso es posible- correcta. No obstante, y como ya sabes, el Hagakure fue escrito con el fin de educar a ciertas élites guerreras cuya única dedicación, cuyo inefable destino era la protección, el servicio y la sumisión total a su Señor.
Creo que el “desprecio al aprecio a la vida” no debería ser considerado exactamente como tal. Creo más bien que se trata de una aproximación extremadamente vitalista dirigida únicamente a formar al guerrero perfecto. Si creemos en la afirmación “uno tiene que hacer lo que hace”, nos damos cuenta de la importancia que posee. El auténtico samurái “era” lo que hacía. Bien consciente de su lugar en un mundo en guerra, su solo objetivo era la muerte. Una muerte honorable al servicio de su “Daymio”; no es ciertamente un concepto sencillo para personas que, como tú y yo, han sido educadas en la cultura occidental actual. En palabras del Príncipe de Mito, “cualquiera puede introducirse en lo más reñido de la batalla y morir”. No obstante, para el samurái constituía “un verdadero valor saber vivir cuando ha de vivir, y morir cuando ha de morir”.
Resulta evidente que, hoy día, la puesta en práctica de esta actitud representa enormes riesgos y dificultades; resulta incluso suicida. Por el contrario, para el samurái suponía su hecho diferenciador, su ventaja, representándole a sí mismo igual que en la sentencia de Ortega el hombre es, además de sí, su circunstancia. No se trataba, por otra parte, de una decisión emanada de una voluntad libre; un samurái no se hacía; nacía. Su habitual impresión de superioridad -física, moral, etc.- sobre el resto de los ciudadanos hacía el resto. Muy pocos samuráis cuestionaban su estatus; el sentimiento de vínculo establecido por la obediencia en el antiguo Japón es otro factor que a los europeos se nos escapa. Su dedicación era verdaderamente incondicional; hoy no queda nada incondicional. Digamos que su época ya ha pasado.
A pesar de todo ello, y extrapolando la experiencia a días extraños como los que hoy vivimos, me gusta pensar que esa actitud aparentemente suicida es precisamente la llave capaz de hacerle a uno vivir una vida más plena. Cuando uno asume que está efectivamente muerto, la realidad pierde ciertas puertas; se muestra más abierta. Las posibilidades son globales. El segundo principio del código Bushido (“Yuu” o “Coraje”), que procede de la misma fuente, reza lo siguiente:
“Álzate sobre la masa de gente temerosa. Ocultarse como una tortuga dentro de su caparazón no es vivir. Un samurái debe poseer valor heroico. Es absolutamente arriesgado. Es peligroso. Vive la vida de forma plena, completa, maravillosa. El coraje heroico no es ciego. Es lúcido y fuerte. Reemplaza el miedo por el respeto y la prudencia.”
Todo esto, en mi opinión, representa al superhéroe. Los samuráis fueron superhéroes, aunque privados. Tal vez esa “exclusividad” sea justamente lo que les hace alejarse de dicho arquetipo. Porque el superhéroe lucha contra el mal allá donde esté, mientras el samurái lucha de manera fanática por la superioridad de un solo hombre sobre el resto de las personas.
Siento la perorata. Un abrazo,
Chinchi
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