No sé porqué se empeñan las editoriales en añadir comentarios, contextualizaciones y demás textos adicionales a obras escritas por autores ya muertos que no pueden levantarse y protestar. ¿Tanto les cuesta limitarse a incluir las aclaraciones que el proceso de traducción exija? Ni me he parado a leer las primeras 67 páginas que la editorial Losada ha añadido a la obra de Descartes que tengo entre manos. No está nada mal, casi 70 páginas para introducir un texto de 80. Mis disculpas a Paul Valéry y a Francisco Romero (autores de dichos textos introductorios).
El Discurso del método consta de seis partes según el autor aunque yo distingo menos. La primera parte que yo distingo corresponde exactamente con las que Descartes clasifica como primera, segunda y tercera. En estas tres primeras partes se nos presenta un Descartes sensato, cauto y respetuoso que confiesa: “mi intención no fue nunca más que tratar de reformar mis propios pensamientos y de edificarlos sobre unos cimientos totalmente sólidos“.
A continuación resume su método proponiendo cuatro preceptos: “no admitir jamás nada por verdadero que no conociera que evidentemente era tal“, “dividir cada una de las dificultades que examinara en tantas partes como fuera posible“, “conducir por orden mis pensamientos” y “hacer en todo enumeraciones tan completas y revisiones tan generales que tuviese la seguridad de no omitir nada“.
Estos son los cuatro preceptos que en la enseñanza secundaria se hace memorizar a los estudiantes. Alguien (que por cierto no fue Descartes) decidió darles nombres: regla de la evidencia, del análisis, de la sÃntesis y de la enumeración. Estos nombres no hacen más que hacerlos incomprensibles. Y para más inri, suele darse más importancia a que los estudiantes recuerden el número de preceptos y sus nombres que a comprender lo realmente interesante: ¡que lo importante no es qué se piensa sino cómo se hace!
La segunda parte que distingo es la que Descartes identifica como cuarta. Ésta es la parte más conocida del Discurso del método. Aquà es donde Descartes compara su percepción de la realidad con un sueño y la cuestiona poniendo en duda incluso la existencia de su propio cuerpo. “Me fijé en que, mientras yo querÃa pensar asà que todo era falso, era preciso que yo, que pensaba, fuese algo“.
El pensamiento de Descartes es seductor, creativo e inteligente pero, pese a lo que él y sus defensores digan, no tiene caracter demostrativo alguno. Comete un error metodológico que si se analiza desde el punto de vista de la lógica analÃtica es grave: establece un supuesto provisional, a saber, que él podrÃa seguir pensando sin cuerpo y, como no llega a ninguna contradicción, concluye tal supuesto.
El texto termina con una sexta parte en la que Descartes pierde en parte la sensatez con la que abrió el discurso. Disimuladamente defiende que nadie podrá continuar sus investigaciones metafÃsicas como él lo harÃa; por el simple motivo de que nadie puede hacer unas ideas tan suyas como su propio autor. Al menos reconoce: “Sin embargo, cabe que me equivoque, y acaso no sea más que un poco de cobre y vidrio lo que yo tomo por oro y diamante“.










2 respuestas ↓
1 camila // May 26, 2008 at 6:30 pm
esata en dos palabras la-raja…
impersionante la sensatez dl autor
nos queda mas q klaro q el se nutre de una dieta balanceada
e cobre y pro sobre too en vidrio
y que cuando ingiere diamante de inmediato va al baño
ya qsu organismo no lo resiste…
fin
2 Carlos Capote // May 26, 2008 at 6:57 pm
camila, bonito poema aunque no entendà absolutamente nada.
Dejar un comentario