La conquista de la felicidad – Bertrand Russell

Bertrand Russell, que recibió el Nobel de Litaratura en 1950, fue uno de los matemáticos y filósofos más reconocidos del siglo XX. Su activismo pacifista le llevó a pisar la cárcel en más de una ocasión. Luchó por los derechos de las mujeres, defendió las relaciones sexuales extramatrimoniales y, con Albert Einstein, redactó un manifiesto contra el armamento nuclear que dio vida a las Conferencias de Pugwash, por citar algunas de sus líneas de trabajo.

Pese a ser un libro que, en ocasiones, parece un manual de autoayuda y al que -para mi gusto- sobran algunos tópicos, investiga con bastante acierto sobre lo que nos hace felices e infelices. Es necesario reconocer que Bertrand Russell escribió la obra nada menos que en 1930, momento en que el texto era más que progresista. De hecho, todavía hoy puede ser considerado un texto plenamente vigente. Yo mismo podría pronunciar hoy una de las afirmaciones clave que introducen la segunda parte del libro, las causas de la felicidad: “Las conversaciones y los libros de algunos de mis amigos casi me han hecho llegar a la conclusión de que la felicidad en el mundo moderno es ya imposible. Sin embargo, he comprobado que esa opinión tiende a desintegrarse ante la introspección, los viajes al extranjero y las conversaciones con mi jardinero”. También nos recuerda que la felicidad puede cada uno encontrarla en un sitio diferente: “cuando yo era niño, conocí a un hombre que reventaba de felicidad y cuyo trabajo consistía en cavar pozos”.

Sobre las causas de la infelicidad, nos dice: “Hay personas que son incapaces de sobrellevar con paciencia los pequeños contratiempos que constituyen, si se lo permitimos, una parte muy grande de la vida. Se enfurecen cuando pierden un tren, sufren ataques de rabia si la comida está mal cocinada, se hunden en la desesperación si la chimenea no tira bien y claman venganza contra todo el sistema industrial cuando la ropa tarda en llegar de la lavandería. Con la energía que estas personas gastan en problemas triviales, si se empleara bien, se podrían hacer y deshacer imperios”.

Russell recomienda ser cautos al plantearnos metas pues, a pesar de que éstas pueden constituir una causa importante de felicidad, también es cierto que “el hábito de mirar el futuro y pensar que todo el sentido del presente está en lo que vendrá después, es un hábito pernicioso”.

Son muchos los filósofos que, sumidos en una gran depresión, defienden que su infelicidad se debe a una visión insoportablemente dolorosa del universo. Por citar algunos… Schopenhauer, Kierkegaard, Cioran y el más cercano Sartre. A ellos, Russell dirige las siguientes palabras: “estoy convencido de que los que, con toda sinceridad, atribuyen sus penas a su visión del universo están poniendo el carro delante de los caballos: la verdad es que son infelices por alguna razón de la que no son conscientes, y esta infelicidad les lleva a recrearse en las características menos agradables del mundo en que viven”. Este argumento me recuerda una teoría de Antonio Damasio que defiende que las emociones preceden a los sentimientos, siendo éstos los responsables de los pensamientos que acompañan a la emoción y no al revés. Sin embargo, pese a lo expuesto, dudo que la relación existente entre la depresión del individuo y su visón del mundo sea una relación simple y monodireccional. Más bien, concibo esta relación como un complejo y largo proceso donde deprimirse y desarrollar una visión pesimista del mundo son, en realidad, lo mismo.

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