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Posts guardados como 'Cuentos y poemas'

Elogio a las filtraciones

13 de December de 2010 · 1 comentario

Desnúdame, porque quiero conocerme
mejor, porque quiero verme las entrañas,
saber a quién engaño, quién me engaña
y quién, la verdad, quiere esconderme.

Desnúdame, porque las ropas me pesan
tanto que no puedo ni correr, ni andar,
porque no me dejan siquiera respirar
y me aprietan tanto que me apresan.

Desnúdame, porque alguien me disfrazó
y desde entonces ya no sé ni quién soy,
ni de dónde vengo, ni adónde voy.

Y desnuda a mi sastre, quémale las ropas,
desnúdale aunque sea contra su voluntad,
porque sólo así me regalarás la libertad.

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Poema a Trinidad

23 de November de 2010 · Sin comentarios

Cuánto pesar han de tener
quienes llevan dobles vidas,
quienes cambian de camino
y por poder lapidan al vecino.

Qué gran falta de autoestima
muestran quienes sus valores
venden en la primera esquina
a quien les compra con honores.

Qué gran soledad han de sentir
quienes de la traición viven,
quienes son fieles al último postor
y es mentir lo que hacen mejor.

Cuánta tristeza han de ocultar
quienes su corazón han vaciado
de todo sentimiento de empatía
al dar de lado a quien antes quería.

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Nada hay más preocupante que lo que nos preocupa

15 de May de 2007 · 1 comentario

No me preocupa
el mas allá,
no me preocupa
que Dios no exista,
no me preocupa
no vivir para siempre,
y tampoco me preocupa
que me llamen pecador.

Pero sí me preocupa
que haya quien sufre malos tratos,
me preocupa que haya quien
no puede acceder regularmente a agua potable,
me preocupa que haya quien
no puede acceder a los medicamentos que necesita
y me preocupa que haya quien
no puede acceder a una alimentación sana.

No me preocupa
que me llamen ateo,
no me preocupa
que me llamen materialista,
no me preocupa
que me manden al infierno
y no me preocupa
que la gente crea o no.

Pero sí me preocupa que crezcan
las desigualdades entre ricos y pobres,
me preocupa que atentemos contra la diversidad,
me preocupa que haya quien
cree que hay guerras justas y necesarias
y me preocupa que haya quien
cree que rezando se soluciona algo.

Esto es lo que me preocupa,
en esta vida,
en este mundo,
en esta realidad,
si no, ¿en cuál iba a ser?

¿Por qué preguntas a los astros por mí,
con lo lejos que están ellos
y lo cerca que estoy yo?

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Vivir sin libro

7 de February de 2007 · Sin comentarios

Vivir es como hacer un puzzle
sin ver antes cómo debe quedar,
porque toda vida es una maquinaria compleja
que carece de libro de instrucciones.

Hay quien nace muerto,
y muerto permanece hasta el último día de su vida,
y es que nadie nace vivo
porque no se vive hasta que se aprende a vivir.

No vivimos antes de vivir, ni después,
pero hay quien tampoco vive mientras.
Vivir es no saber lo que es no vivir
y no vivir es vivir creyendo saberlo.

Como en toda búsqueda, lo más importante
es saber qué se está buscando
y vivir es como buscar algo
que no sabes ni dónde está, ni qué es.

La vida es un largo camino
donde lo que importa no es llegar
porque la vida no es el destino,
la vida es el caminar.

Desdichados quienes temen morir
porque lo realmente temible es no vivir.

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Una mala nomenclatura

27 de August de 2006 · 1 comentario

Pasó por mis manos algo curioso. Mantenía su aspecto aunque lo mirase desde el ángulo más insospechado. Podía pasarme horas maravillado girándolo y examinando su superficie. No es de extrañar que al perro le fascinase de igual manera. Probé a lanzarlo para comprobar si mantenía su aspecto conforme se alejaba. Un gran regocijo me invadió al ver cómo se comportaba el extraño elemento al entrar en contacto con el suelo. Al tiempo que se alejaba describía una trayectoria curva. Impactaba con la superficie lisa enmoquetada, ascendía hasta un determinado punto y comenzaba un nuevo descenso. La máxima altura alcanzada con respecto al suelo por las curvas disminuía con cada impacto. Después de un número indeterminado de impactos contra el suelo, el objeto se detuvo.

Tras la insistencia de mis padres, mi hermana mayor, mi abuela y algunos individuos más que no pude identificar jamás, comprendí que el sonido “pelota” hacía referencia al mágico objeto. Me pareció una idea genial la de asignar sonidos, luego supe que se llamaban nombres, a los objetos. Unas semanas de prácticas me convirtieron en un experto hablador, aunque mi vocabulario era por aquel entonces de una sóla palabra, o más bien, media.

Una vez aprendida la lógica del sistema de identificación sonora gracias al ejemplo de la pelota, me resultó sencillo comprender que casi todas las cosas habían sido ya bautizadas. El sistema empezó a disgustarme en este momento, porque no comprendía la necesidad de asignar nombres a todas las cosas. Biberón, perro, abuela o pelota eran dignos de ser distinguidos de otras existencias insignificantes como fachada, neumático, cable o gotera. Estos últimos no merecían nombre.

Las experiencias me hicieron comprender, o quizá sólo aceptar, que los nombres eran cajas vacuas y no otorgaban ningún grado de distinción a quienes los poseían. Biberón perdió su dignidad cuando supe que las botellas con pezones de otros bebés recibían el mismo nombre. También sus esféricos juguetes botantes se llamaban pelotas y, ¡dios mío!, incluso las simpáticas señoras mayores que les hacían muecas se llamaban también abuelas.

Me sentí desengañado a la vez que orgulloso. Desengañado porque la nomenclatura no servía para distinguir inequívocamente unas cosas de otras, más bien, servía para clasificarlas en base a determinadas características. Así, mi pelota, que para mí había sido durante un tiempo el único ente del mundo con nombre, era ahora un ente más, con un nombre que debía de compartir con todas las pelotas conocidas y por conocer. Y orgulloso, porque las contadas palabras que conformaban mi vocabulario cubrían un espectro infinitamente superior al que yo habría podido imaginar en primera instancia. Ahora sabía como llamar a un perro cualquiera aunque fuese la primera vez que lo veía. Perro.

El sistema de nombres era y es un sistema en exceso autoritario. Las cosas ya tienen un nombre asignado cuando uno nace, de manera que al recién llegado al mundo sólo le queda la resignación. Así es como empiezan las preguntas. Basta con mirar a un adulto, señalar un objeto, y emitir ese sonido que corresponde a un interrogante sin pregunta que sólo los bebés saben pronunciar correctamente. El adulto en cuestión, al tiempo que siente reafirmada su superioridad y sabiduría, pronuncia de inmediato el sonido deseado. Es un mecanismo infalible para aprender los nombres de las cosas. En unos minutos puedes recorrer por completo una habitación obteniendo los nombres de cada cosa, por insignificante que sea o parezca. A pesar de todo, las prácticas han demostrado que es conveniente disponer de más de un adulto para realizar este tipo de tareas. Se cansan con extrema facilidad.

Una vez aprendido el concepto bebé, comprendí aquello que más tarde supe que constituía las bases filosóficas del altruismo. Yo era un bebé. Y cada uno de esos especímenes pequeños que caminaban torpemente, se alimentaban de biberones y lloraban sin parar, eran también bebés. Yo como uno más. Los demás como muchos yo.

Me llamaban Caco. Así que supuse que Caco sería un sinónimo de bebé. Cual fue mi sorpresa cuando me corrigieron por llamar Caco a cada uno de los bebés del parque. Me costó algún tiempo y esfuerzo comprender que existían un tipo de nombres específicos, los nombres propios, para cada individuo. Aberración. ¿Por qué, entonces, crear nombres no específicos? ¿Dónde reside la necesidad de categorizar? Mi pelota merecía un nombre que la distinguiese de cualquier otro ente en el universo. Lo que no merecía era ser humillada etiquetándola con un nombre que debía compartir con un número innumerable de bolas de material elástico. Cuando algo no tiene nombre específico es reducido a una instancia de una categoría previamente establecida. No tiene identidad. No es nada.

En un acto de solidaridad, me dediqué a asignar nombres propios a todo aquello que parecía merecerlo. Los bigotes de la gata, por ejemplo, merecían ser identificados. De no ser así, serían sólo los bigotes de un felino más.

Una vez más el mundo cayó sobre mí con todo su peso. Cuando había aprendido los nombres específicos de casi todas las personas que existían de forma permanente, mi padre, mi madre, la abuela, mi hermana, el perro y el gato, e incluso el de algunas de esas personas que existían de forma esporádica -como esas que sólo existían cuando yo las veía en el parque- sucedió la catástrofe.

Los nombres específicos habían sido mi salvación. El mundo me parecía un lugar habitable gracias a ellos. ¿Cómo pretendían ahora que aceptase la existencia de dos seres con un mismo nombre propio? Los nombres no específicos tenían la utilidad de categorizar, los específicos la de identificar. Un nombre propio repetido constituía la aberración de una aberración. No tenía utilidad alguna.

Si aceptaba esta premisa, los nombres específicos, o propios, ya no serían lo que eran. La tarea de asignar nombres específicos a las cosas perdía toda su utilidad si éstos no eran únicos. Un nombre no específico nunca otorgó identidad pero fue útil para clasificar. Un nombre específico no único, ni sirve para clasificar, ni otorga identidad. Es sólo una costumbre. Todo aquello que hube bautizado para salvarlo de la inexistencia, volvió a no existir. La pelota, los bigotes de la gata e incluso yo, de nuevo, no somos nada.

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El epitafio de Rigoberto

12 de April de 2006 · Sin comentarios

Rigoberto siempre quiso elaborar una frase célebre. De todos los objetivos que uno se puede plantear en la vida, éste es de los más sanos, se decía. Las frases cambian el mundo, pensaba a veces. Él sabía que no era cierto. Sabía que las buenas frases sólo resumen ideas más amplias. Una frase célebre sin una idea más amplia detrás es como una cáscara de plátano sin plátano: un mero envoltorio, una cáscara. Pero a él nunca le disgustaron los envases.

No quería ser filósofo, ni escritor, ni profesor, todas esas ideas le parecían muy aburridas. Él no quería revolucionar el mundo con una nueva reflexión. Le daba igual si las frases que le salían empaquetaban ideas de otros autores. Le habría dado igual, incluso, que sus frases no transmitiesen idea alguna. Su verdadero objetivo era la musicalidad misma. Una frase célebre que no es musical, tampoco es célebre, aseguraba. Para él lo importante era que las frases tuviesen gancho, no mensaje. Si Descartes triunfó con pienso luego existo, es que el mensaje es lo de menos, se decía para convencerse a sí mismo.

Llevaba ya varios años con la maldita obsesión de parir una frase musical y todos los días acababa escribiendo las mismas insignificancias. Mira en torno a ti y verás tu entorno, escribió hace unos días. Sabía que sus frases eran muy malas pero confiaba en que el trabajo constante acabaría por descubrir su lado creativo. Sólo una cosa le aterraba en este mundo y era morir sin dejar una buena frase como legado. Por eso no faltaba ni un día a su cita con el papel, el lápiz y las palabras. Una frase son sólo palabras, escribió una vez. Las frases sin mensaje no tienen mensaje, escribió en otra ocasión.

Algunas de sus frases empezaban a tener sentido pero él no buscaba sentido sino musicalidad. No sabía muy bien qué haría el día que por fin diese con la frase que buscaba, pero tenía una idea. Necesitaba un epitafio. Una persona que había dedicado tantos años a buscar una buena frase no podría morir sin un epitafio célebre. Sería una vergüenza. Por eso había iniciado algunos papeleos con una funeraria moderna. A través de su página web esta funeraria te permitía, con sólo rellenar un formulario, diseñar tu entierro con todo lujo de detalles.

A Ribogerto no le preocupaba en absoluto cómo sería su entierro, pero sí le preocupaba lo que pondría en la última de las casillas, el epitafio. Había rellenado todos los datos del formulario meses atrás, pero aún no había encontrado un epitafio, ésta era la única casilla del formulario que, donde debería figurar una frase de Rigoberto, aún ponía: “Escriba su frase aquí”. Nunca la llegó a escribir.

Tremenda la desdicha de Rigoberto, que murió antes de encontrar la frase que buscaba. Quién le iba a decir que su epitafio sería una invitación a la escritura de frases. Quizá lo hizo a posta. Hoy se cuentan por centenas las personas han escrito sus frases en el sepulcro de Rigoberto.

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Un poema lleno de vacío

1 de November de 2005 · 5 comentarios

El mar, objeto de culto de aquellos poetas
que llenan con él sus letras vacías.
Como vacías las mentes que no leen pudiendo,
o las palabras de quienes no pueden llenarlas.

Quizá escriba un día una poesía llena de palabras llenas
pero hoy por hoy no puedo y tengo que escribirla vacía.
Será mejor no decir nada cuando no se tiene nada que decir
pero se tiene mucho que decir cuando no se tiene nada.

Nada en el mar de los poetas que han llenado con él sus letras
porque llenas de mar ya no están vacías.
Nada puede llenar el vacío aunque las letras puedan llenarse de él
porque las letras llenas siguen siendo letras pero el vacío lleno ya no es vacío.

Vacío está el poeta que no llena sus letras.
Vacías están las letras que no llena el poeta.
Lleno está el mar que llena las letras de aquellos poetas.
Llenas están las letras cuando están llenas de vacío.

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Hoy la escalera es deleble

1 de October de 2005 · Sin comentarios

Hoy es otro de esos días que me pasan cosas que creo que sólo me pasan a mí. Vivo en un segundo sin ascensor pero no me quejo de eso. De hecho, hasta hace poco vivía en un cuarto también sin ascensor.

El caso es que juraría que llevo unos quince minutos subiendo y sigo sin llegar a ningún piso. Tras un rellano me encuentro otro y tras este otro, uno más. Siempre tengo la esperanza de que mi esfuerzo será el último y que sólo me faltan unos pocos escalones para llegar a casa, pero no hay manera.

El recorrido de esta escalera siempre ha pasado para mí desapercibido, unos pocos escalones y rellano, otros pocos y primero. Repetimos la operación y ya estamos en el segundo. Hoy debe fallar algo porque no llego jamás al primer piso.

A pesar de lo corto que es normalmente el camino, suelo cruzarme con algún vecino. Es cierto que no solemos pasar del hola y adiós pero al menos deja entrever cierta actividad en el bloque y me hace sentirme, si no acompañado, sí al menos rodeado de algún tipo de forma de vida.

Quizá si no fuese tan goloso habría desayunado sin cereales y no me habría pasado esto. Según mis cálculos, por la velocidad a la que voy y el tiempo que creo que llevo subiendo, debo haber dejado atrás ya más de cien rellanos. El hambre ya me mata y encima la bolsa me va golpeando las rodillas a cada paso, así que decido parar para tomarme los cereales.

Me siento mirando escalera abajo. Porque es mucho más cómodo, claro. Echo de menos algo de zumo, leche, o agua para bajar los cereales, que a puñados y en seco quitan el hambre pero dan bastante sed.

Harto ya de comer y cargar cereales decido dejar en este peldaño los que me quedan y seguir mi marcha. Me levanto y, cuando doy la vuelta para continuar con el ascenso, veo que la escalera ha desaparecido y sólo quedan tres peldaños delante de mí. Y al final de ellos, nada.

Si, desde un primer momento, me hubiese visto en esta situación, seguramente me habría aterrorizado. Pero después de haber recorrido ya cientos de rellanos sin explicación alguna, estaba demasiado cansado como para poder sentir miedo. Por pura lógica, y por ser la única alternativa que tenía, decido rectificar mi última media vuelta para comenzar el descenso. Pero, al girarme, veo que por detrás sólo tengo otros tres escalones. Y al final de ellos, la misma nada que antes.

Los cereales ya no están, así que hago un pequeño recuento. Estoy yo y, bajo mis pies, cinco o seis peldaños que aparecen, o desaparecen, según suba, o baje. Nada más. Puedo subir o bajar eternamente, pero sólo veo los tres peldaños siguientes. O anteriores, según se mire. De hecho, quizá sean siempre los mismos y soy yo el que los interpreta como siguientes o anteriores.

Pasadas ya unas horas, mis piernas no responden y tengo que parar. La intención de parar la tengo clara, pero el hecho de que las piernas no puedan continuar, no significa que sí puedan parar. Llevo tantas horas repitiendo el bucle, que al enviar desde mi cerebro a mis piernas la orden de parar, no son capaces de interpretarla y caigo precipitándome escaleras abajo, de tal manera que mi cabeza golpea fuertemente una superficie vertical de madera produciendo el escándalo consecuente. La superficie vertical, la puerta de mi casa. El escándalo provoca la lógica llamada de atención de los vecinos. Pido perdón, abro la puerta de mi casa y hoy desayuno sin cereales.

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Mi teoría sobre las cuerdas

1 de October de 2005 · 7 comentarios

Hoy estuve leyendo algo sobre la teoría de cuerdas y, aunque reconozco que no entendí nada, mi imaginación se disparó. Antes de acostarme, me acerqué a la ventana con la intención de maravillarme con el brillo de las estrellas, tratando de entender cómo alguien pudo pensar que eran sólo parte de un universo y que innumerables universos como éste coexistían de alguna manera. Lo cierto es que no sé muy bien por qué me sorprendo, si no lo entiendo en absoluto.

Me disponía a abrir la ventana cuando vi que al otro lado del cristal había una habitación, idéntica a la mía, en la que estaba yo mismo leyendo el artículo de la teoría de las cuerdas. Durante un tiempo quedé fascinado, mirándome. Era como si estuviese viendo el pasado próximo a través del cristal de la ventana de mi cuarto. Es curioso pensar que, según la teoría de las cuerdas, podría estar viendo al yo de otro universo paralelo.

Me sentía bastante cómodo pensando que yo era el real porque estaba más adelantado en el tiempo, así que su futuro estaba condicionado a mi presente. Me sentía así hasta que él cerró el libro, me vio en la ventana y se dirigió a mí. Las primeras frases de nuestro diálogo no tuvieron desperdicio. Que si quién eres, que si querrás decir quién soy, todo un debate existencialista. Es curioso que, durante nuestro diálogo, yo trataba de convencerlo con toda clase de artimañas y trucos del lenguaje, de que era yo el original y él sólo una réplica. Él hacía lo mismo. Una fase interesante de nuestro diálogo fue aquella en la que me paré a pensar que quizá él tendría razón, después de todo, al ser él quien inició el diálogo, quedó demostrado que su destino no está condicionado a mis actos. Le confesé mi temor y él me confesó ser víctima del mismo miedo.

Después de estos primeros pensamientos, y sin haber llegado a ninguna conclusión sobre nuestros destinos, ni sobre la posible originalidad de alguno de los dos, encontramos una solución que podría darnos absoluta libertad a ambos. Nos cambiamos. Abrimos la ventana y cambiamos de universo. Yo por el suyo, él por el mío. Si su universo estaba, en un principio condicionado al mío, ahora no podría seguir estándolo porque una parte de él pertenecía al universo dominante. Bueno, reconozco que no entendíamos muy bien por qué creíamos que el cambio nos daría libertad a los dos. Pero lo creíamos, que es lo que importa.

A veces me acerco por las noches a la ventana para ver si vuelvo a encontrarme conmigo, o con mi otro yo, o con esa otra persona tan extraordinariamente parecida a mí, para preguntarle qué tal le va en el universo que le presté. No nos hemos vuelto a encontrar y quizá sea mejor así.

Ahora vivo la misma vida que antes del cambio. Tengo el mismo trabajo, los mismos estudios, la misma familia, la misma habitación, pero sé que pertenezco a otro universo y eso me hace distinto. Cuando os miro, me pregunto si, en algún momento de vuestras vidas, os habréis cambiado con vosotros mismos, o con vuestro otro yo, o con otras personas extraordinariamente parecidas a vosotros.

Quizá, el día que me cambié, todos os cambiásteis también y ahora no lo sabemos porque ninguno ha hablado nunca de ello. Quizá todos pertenecemos a otro universo muy parecido a éste. Quizá, mientras escribo esta historia, todos vosotros estáis escribiéndola también, creyendo que sóis únicos, como yo lo creo.

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El cuentacuentos que no tenía miedo a nada

1 de October de 2005 · Sin comentarios

Como siempre, me moría de ganas de estallar de risa mientras salían corriendo despavoridos. Pero permanecer mirando el fuego, imitando estar en trance y simular ese tic del ojo izquierdo, daba más credibilidad a la escena. Alguna vez, un valiente miraba hacia atrás mientras huía, supongo que esperando ver como me partía de la risa. En ese momento, el truco tic-trance surtía efecto y los asustados valientes huían aún más rápido.

La Noche de Terror del pueblo siempre ha sido la mejor. Es la única en la que suelo dejarme ver. Se puede decir que a eso se reducen mis relaciones sociales. Los niños se reúnen en las afueras para contar sus propias historias terroríficas a medianoche. Mis apariciones favoritas son esas en las que te escondes en las sombras y permaneces allí, a escasos metros de ellos, durante horas, sin que adviertan tu presencia. Terminan sus sesiones y se produce ese silencio que significa: “Estamos cansados, vamos a dormir”. Me gusta romperlo con mi voz ronca, hablándoles despacio:

- “Algunas de las cosas que se dicen sobre mí son ciertas. Pero no os haré nada si las escucháis de mi voz.”

Más de una vez han acabado sus sesiones de cuentos con alguno verdaderamente terrorífico sobre ese extraño hombre que ronda los bosques del pueblo sin dejarse ver. Yo. Es entonces cuando mi primera frase surte más efecto.

Ninguna de esas historias es cierta pero yo hago lo posible para que crean que sí. Esto enriquece mis esporádicas relaciones sociales. Se dice que yo era un brujo padre de familia, que dedicaba más tiempo a extraños ritos satánicos que a mi pequeña hija. Se dice que, un día, invocando al demonio, provoqué un incendio en casa, y que me adentré y rescaté una muñeca de vudú pero dejé a mi hija morir bajo las llamas.

Lo cierto es que nunca he tenido ninguna hija, ni se me ha quemado ninguna casa, pero desde la primera vez que oí la historia llevo colgada del cuello una pequeña muñeca de vudú. También soy amigo de un perro que parece un lobo y aúlla como tal. No me corto las uñas, ni el pelo, desde hace dos o tres años.

Los más jóvenes, no creen que yo exista. Los no tan jóvenes, les tratan de convencer de que me han visto hacer cosas terribles con sus propios ojos. Una vez lo dijo un tuerto y fue muy divertido. Los adultos les tienen prohibido hablar de mí.

Mi aparición, ese día, no fue la mejor. Pero había dos jovencitos que no me habían visto nunca y se asustaron mucho. Acababan de salir corriendo y yo ya estaba pensando que me faltaba otro año para volver a verlos. Para volver a olerlos. Para volver a asustarlos.

Para mi sorpresa, los ineptos padres de los cobardes jovenzuelos habían conseguido organizarse en un plan estratégico para apresarme. Los inútiles me habían rodeado. Todos portaban algún tipo de objeto contundente: palas, picos, azadas…

- “¡Era cierto! ¡Lleva la muñeca de vudú en el cuello!”

Miro al avispado campesino y sonrío. Aunque pueda ser uno de mis últimos instantes de vida, no quiero tirar por la borda en un abrir y cerrar de ojos tantos años de trabajo creando la imagen que tienen ahora de mí. Imagen de la que quieren deshacerse.

Cerraban el círculo en el que me apresaban a la par que sus ojos se llenaban de sangre. De sangre, rabia y odio.

Quizá fue la providencia divina, o tal vez sólo la buena voluntad de uno de estos armados y no por ello menos inútiles padres, la que intervino en mi favor solicitando la calma. Alegando que, como seres civilizados que eran, no podían resolver un asunto como este en caliente. Había que apaciguar los ánimos y tratar el asunto con frialdad y cordura. Habían dedicado todas sus vidas dedicadas a luchar por la no violencia, por el respeto al prójimo, por erradicar del pueblo los robos, la inmundicia y la pena de muerte.

No fui encarcelado sino enjaulado en el centro de la plaza del pueblo. Ahí, estos seres civilizados podían insultarme, escupirme y apedrearme a su antojo hasta que se produjese el juicio. Juicio que tardaba porque, antes de iniciarlo, querían someter a referéndum la reinstauración de la pena de muerte.

Fue durante esas semanas cuando comenzaron los asesinatos. El primero en morir fue el hijo mayor del panadero, encargado por su propia voluntad de mi alimentación hasta que comenzase el juicio. El segundo, fue aquel alma caritativa que solicitó la calma de los feroces y armados padres mientras yo era apresado. Creo que los siguientes asesinatos fueron venganzas de estos primeros, porque las víctimas nada tenían que ver con los defensores del extraño ser que habían enjaulado. El pueblo era pequeño y poco tardó en notarse la falta de las decenas de hombres, mujeres y niños que habían muerto. Yo lo noté porque dejó de llegar comida y tuve que contentarme con los insectos que merodeaban la jaula y con las frutas podridas que me lanzaban.

Por fin, aprobada la reinstauración de la pena de muerte, comenzó el juicio y cesaron las hostilidades entre los vecinos. Para mí, fue una gran noticia porque pasé de la jaula de las humillaciones a la prisión de las torturas.

El juez era, en realidad, un profesor promocionado, porque los dos jueces del pueblo habían sido asesinados durante mi enjaulamiento. Los miembros del jurado estaban ahora enfrentados entre sí por el deseo de venganza de los asesinatos cometidos por y contra ellos mismos. Todos y cada uno de ellos echaban en falta a algún ser querido. Todos habían olvidado, a esas alturas, por qué estábamos allí.

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