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Entradas de September 2011

Acabo de enterarme de que se está poniendo de moda otra innovadora e indignante forma de retención: los CIE flotantes > http://capo.gl/h9

26 de September de 2011 · Sin comentarios

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«En los CIE, los derechos de los internos no existen. En algún momento, perdieron sus almas, sus papeles, su dignidad y sus derechos».

26 de September de 2011 · 8 comentarios

Hace poco más de una semana, visité a un compañero senegalés que está encerrado en el Centro de Internamiento para Extrajeros (CIE) de Aluche. Después de la visita, un amigo me invitó a escribir algo sobre lo que había visto y reconozco que no fui capaz. Llegué incluso a sentarme frente al ordenador pero no pude ir más allá de un escueto y directo: ¡CIEs, no! Las palabras no me venían.

Cuando llegué al CIE, ya imaginaba lo que me iba a encontrar pero una cosa es leerlo, oírlo, o verlo en videos y otra es verlo con tus propios ojos. Me impactaron muchas de las cosas que vi. La primera fue que las personas que acuden al CIE a visitar a alguien, son recibidas en una especie de jaima cutre con sillas de plástico. Y eso por no hablar de que si se hacen pipi tienen que ir a unos de esos baños de plástico asquerosos de los que ponen en conciertos.


CIE de Aluche: La foto es de SOS Racismo

Lo siguiente que me impactó fue que lo único que quieren saber es el número de la persona que vas a visitar. Nada de nombres. “Vengo a visitar al 23.300, aquí tiene mi documentación”. Hasta hace unos trescientos años, decir que los esclavos negros no tenían alma nos ayudaba a no tener que plantearnos si era ético, o no, putearles como les puteábamos. Hoy, que lo del alma está pasado de moda, les ponemos números. Supongo que, de no tener alma, han pasado a no tener nombre.

Quien te pide el DNI es un policía. Allí todo lo llevan policías. Bueno, y la gente de Cruz Roja que, por el módico precio de unos cuantos cientos de miles de euros al año, se convierten en cómplices de lo que allí pasa. Ver a la gente de Cruz Roja, pies cruzados sobre la mesa en uno de sus despachos, fue otra de las cosas que me impactó. Ahora entiendo las declaraciones de Teresa González, presidenta de Médicos del Mundo en España, para Canal Solidario:

“Aunque la Administración autorice el ingreso de Cruz Roja en el CIE de Aluche, desde nuestro posicionamiento seguimos reclamando el cierre inmediato y definitivo de estas cárceles de inmigrantes y consideramos que su acceso no debe servir para desarrollar las funciones propias del Estado, sino para fiscalizar las irregularidades y la violación sistemática de derechos humanos que allí se denuncian.”

Por el contexto, supongo que lo de “funciones propias del Estado” fue sólo un desliz verbal. Irrelevante, en cualquier caso, porque se entiende perfectamente lo que quiere decir: ¡CIEs, no!

Después de un rato de espera, la policía te hace pasar a la habitación de las visitas. ¿Has visto esas películas en las que salen cárceles? ¿de esas en las que las visitas tienen lugar bajo vigilancia policial y hablando por teléfono a través de un cristal? Pues eso. Llegas y te avisa un policía de que abrirán el cristal y podrás saludar -durante unos pocos segundos, eso sí- a la persona a la que vienes a visitar. Luego cerrarán la dichosa ventanita y tendrás que marcar, una vez más, un número para poder comunicarte. La visita puede durar hasta 30 minutos y sólo se puede recibir una por día.

La huella de un beso en el cristal fue testigo de mi de visita. Alguien la dejó allí, en algún momento, horas o días antes, quizá, queriendo besar unos labios inalcanzables y teniendo que conformarse con besar ese pedazo de vidrio que llamamos cristal aunque no lo sea. Un amigo que visita los CIE desde hace tiempo, me dijo: “¡Es un clásico! La primera vez que vi la huella de un beso en uno de estos cristales me quedé roto”. Así me quedé yo también.

Una señora, que visitaba por primera vez a su hijo, había decidido traerle un bote de champú. “Lo siento señora”, le dice el policía de turno, “si quiere traer un champú, gel, o algo así, tanto el bote como el líquido deben ser transparentes. Y si quiere pasar un champú opaco a su hijo debe traer una botella transparente y pasarle el contenido delante nuestra”. No dejo de pensar que, dadas las circunstancias, para aquella mujer, ese bote de champú era lo más importante del mundo.

Aún intento comprender la razón de todas esas medidas de seguridad. Tanto es así, que más que medidas de seguridad han acabado pareciéndome medidas de sometimiento y humillación. Si no, no entiendo que se apliquen todas esas medidas en centros en que se retiene a personas que, literalmente hablando, no han cometido ningún delito.

El colmo de lo que vi durante mi visita fue el sufrimiento de una chica marroquí y su novio, a quien venia a visitar. Unos veinte años, les echaría yo. Aprovecharon como pudieron esos pocos segundos en que te dejan la ventana abierta para darse un beso que ya rebosaba. Al policía de turno, el de la botella de champú, debió parecerle excesivo.

El policía hizo abrir la boca al joven para comprobar que su novia no le había pasado nada. Fue ridículo. Al policía le dio por hacer las veces de dentista, como si buscase una caries. Como era de esperar, al joven no le habían pasado nada. Al menos, nada más allá de un desesperado te quiero en forma de beso. El joven rompió a llorar.

Resulta llamativo que hasta en las cárceles está reconocido el derecho a recibir visitas de tu pareja en un contexto íntimo. Esas cosas se conocen como derechos del preso. En los CIE, los derechos de los internos no existen. En algún extraño momento, perdieron sus almas, sus nombres, sus papeles, su dignidad y sus derechos.

Ahora sí que puedo decirlo con fundamento: ¡CIEs, no!

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