Entradas de abril 2007
26 de abril de 2007 ·
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Autor(a): Yessica Rojo
Título: Pésame
ISBN-10: 9872198675
ISBN-13: 978-9872198671
En una frase: Ha llegado a mis manos el que fuera libro finalista del premio diario deportivo "Marca" de España. Un ensayo sobre el deporte, el juego limpio, la pasión, el periodista, el aficionado y el deportista.
Se ha caído una poesía en un libro de deportes y ha acampado a sus anchas allí. Debe ser que uno de esos duendecillos que van por ahí con su barita mágica repartiendo inspiración a músicos, escritores y pintores ha ido a dar con una periodista deportiva. Y el resultado no podía ser mejor.
En este libro, al tiempo que Maradona nos maravilla con su magia, se cuelan inteligentes reflexiones entre sus gambetas. Reflexiones necesarias. Porque le juzgamos olvidándonos de que era humano. En el terreno nos hizo creer que era un dios y cuando, como humano, tuvo problemas, en lugar de recibir el apoyo que habríamos dado a cualquier otro: le juzgamos, le criticamos y le dimos la espalda.
No soy persona aficionada al deporte, al menos no como espectador. Hace unas semanas recibí este libro junto con una invitación a comentarlo. Valiente la invitación, pensé, porque mi condición para comentar un libro es que puedo decir de él lo que quiera, y no necesariamente tiene que ser bueno. Ahora comprendo que no tenían porqué dudar, ahora sé en qué basaban su valentía: el libro es bueno.
Pésame es un ensayo original en forma y contenido. Recoge unos setenta artículos de Yessica Rojo en los que analiza el mundo del deporte con una mirada limpia: “Debe existir algún rinconcito en el mundo donde no se juegue al ‘Sálvese quien pueda’. Donde no se practique el ‘Yo no fui’“.
Con éstas palabras se abre el ensayo. Así comienza esta reflexión que nos recuerda que el juego limpio no sólo ataña a los deportistas. Que nos recuerda que el deporte también lo hace el espectador, ya sea público o periodista. Que nos recuerda que el deportista hace deporte pero que nosotros hacemos el deporte con él.
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14 de abril de 2007 ·
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Autor(a): Juan José Millás
Título: Ella imagina
ISBN-10: 8420481416
ISBN-13: 978-8420481418
En una frase: Juan José Millás es un manantial de creatividad que se desborda de vez en cuando. En este libro, una vez más, lleva el absurdo al absurdo.
Conocí a Millás con Tonto, muerto, bastardo e invisible. Por aquel entonces no tenía ni idea de que era columnista en El País. Después vino Números pares, impares e idiotas y, por fin, una de las novelas que más me ha gustado de cuantas he leído, El orden alfabético. Millás es un escritor polifacético como pocos. Hay algo que no es como me dicen y Letra muerta son los dos libros que llevé conmigo cuando fui de InterRail y me descubrieron a un Millás que no conocía. O, mejor dicho, a dos.
Hace unos días, mientras acompañaba a una amiga a comprar unos libros de cuentos para su hijo, vi un ejemplar extraviado de Ella imagina en no sé qué sección (divulgación científica o algo así). Estaba decidido a no comprar ningún libro ese día (cada vez que entro en una librería me propongo no comprar ningún libro) pero, para variar, la tentación pudo conmigo. Pensé que hacían ya casi dos años sin leer nada de Millás y que ya iba siendo hora. Fue un acierto.
Ella imagina es una colección de cuentos unidos por su protagonista, Vicente Holgado. Ya en la sinopsis queda claro que no es un libro cualquiera. Allí se describe al protagonista “Vicente Holgado, un tipo neutro y poseedor de una naturaleza inestable, ya que unas veces está casado y otras viudo, aunque lo normal es que permanezca soltero“. Y para rematar, continúa: “A veces afirma que es más bello un cólico hepático que un atardecer africano“.
Juan José Millás es un manantial de creatividad que se desborda de vez en cuando. Y lo digo en el buen sentido, como en este libro, donde hace alarde de una originalidad sin igual y en el que a través de Vicente Holgado nos habla de lo que parece ser una de sus obsesiones: las obsesiones. “Yo no sé por qué la gente tiene gatos pudiendo tener obsesiones“, dice uno de sus personajes. Un hombre que descubre que está hueco por dentro, otro (o quizá, el mismo) que adquiere vicios para poder dejarlos o hasta un hombre que, accidentalmente, tiene recuerdos de otra persona. Todo es posible. Millás lleva el absurdo al absurdo.
¿En una palabra? Genial.
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Categoría: Crítica literaria |
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El propio John Locke, considerado uno de los padres del laicismo, decía que “aquellos que por su ateísmo socavan y destruyen toda religión no pueden pretender que la religión les conceda privilegio de tolerancia”. Y es que los ateos han sido probablemente el colectivo más discriminado a lo largo de la historia. Hace menos de 300 años era común, en casi toda Europa, que el derecho a voto se concediese sólo a miembros de una determinada religión. En Inglaterra, por ejemplo, católicos y judíos carecían de ese derecho. Cada país discriminaba según sus propios caprichos. Pero si eras un escéptico daba igual dónde estuvieses: era mejor que mantuvieses la boca cerrada (y si no, que se lo pregunten a Uriel Da Costa).
En respuesta a la polémica que se inició el año pasado tras la publicación de las famosas “caricaturas de Mahoma” en un periódico danés, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU acaba de aprobar una resolución que insta a no difamar públicamente sobre creencias religiosas. El texto “expresa la profunda preocupación por el intento de identificar el islam con terrorismo, violencia y violaciones a los Derechos Humanos”. No se dice nada, sin embargo, de las acusaciones que Ratzinger viene incorporando sistemáticamente a todos sus discursos. Según él, sin Dios, todo vale, todo es relativo. Pese a que son pocos los ateos que se identifican con tal suerte de relativismo, el catolicismo basa constantemente sus discursos en esta idea, de manera que puede llegar con facilidad a la conclusión de que “el mundo está como está porque ya nadie cree en nada”.
Si bien recibimos con gusto toda resolución cuya finalidad sea la tolerancia y un acercamiento a la comprensión mutua, somos muchos los ateos que creemos que no estaría de más que dichas resoluciones no sean discriminatorias con nuestro colectivo (si es que se nos puede llamar colectivo). El hecho de que reaccionemos a las críticas y difamaciones con razón y sosiego no significa que nuestros argumentos merezcan ser menos escuchados, más bien debería de ser al contrario. ¿Acaso no es discriminación que se pueda culpar al ateísmo de los males de este mundo? Eso sí que es difamar, y en mayúsculas.
Carta al director publicada en El País el 9 de abril de 2007.
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Tags: · ateísmo, john locke, tolerancia
8 de abril de 2007 ·
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Autor(a): Kepa Tamames
Título: Tú también eres un animal
ISBN-10: 842703332X
ISBN-13: 978-8427033320
En una frase: "Cuando los animalistas recurrimos a términos como «derechos para los animales» no nos referimos a derechos que para ellos no tengan sentido práctico (como podría ser el derecho a la educación gratuita o a un mes de vacaciones al año), sino a algo que sí les afecta directamente, como el derecho a ser bien tratados, o dicho de otra forma, el derecho a la integridad física y emocional."
Trabajar por la justicia y la solidaridad no siempre está bien visto. Un ejemplo es el de los animalistas, quienes suelen recibir burlas como remuneración por la actividad que ejercen. Es rara la ocasión en que alguna de esas burlas se basa en un argumento debidamente razonado y son pocas las críticas constructivas a las que se enfrentan. Pero no todo son malas intenciones. Las críticas burlescas y desacertadas a las que se suele enfrentar la filosofía animalista se basan, por lo general, más que en la mala fe, en el desconocimiento. La mayor parte de estos ataques responden a lo que algunas personas (poco documentadas) creen que es el animalismo, no al animalismo en sí.
Este trabajo de Kepa Tamames, cofundador de la Asociación para un Trato Ético a los Animales (ATEA), es un excelente argumentario animalista. Kepa recoge más de 100 de los argumentos -o quizá debería decir pseudoargumentos- a los que se enfrentan los animalistas a diario. Un ejemplo de estos pseudoargumentos que me parece especialmente interesante es el que aparece en séptimo lugar. Dice así: “Pretender conceder a los animales los mismos derechos que a los seres humanos es un absurdo propio de personas obsesivas y desequilibradas“. Ésta es una idea preconcebida y ridícula porque, que se sepa, ningún animalista que se precie defiende una postura tan excéntrica. Los derechos para los animales que los animalistas quieren ver reconocidos distan mucho de los derechos de los que disfrutamos (o deberíamos de poder disfrutar) los humanos. Kepa lo deja bastante claro en pocas palabras: “Cuando los animalistas recurrimos a términos como «derechos para los animales» no nos referimos a derechos que para ellos no tengan sentido práctico (como podría ser el derecho a la educación gratuita o a un mes de vacaciones al año), sino a algo que sí les afecta directamente, como el derecho a ser bien tratados, o dicho de otra forma, el derecho a la integridad física y emocional“.
A quien ha defendido alguna vez los derechos de los animales seguro que le han pedido que se dedique a causas más importantes. Es común que se acuse a los animalistas de defender a los animales cuando hay gente que lo está pasando terriblemente mal. Puedo atestiguar que, de hecho, este tipo de acusaciones también son bastante frecuentes en otros ámbitos. En varias ocasiones he sido acusado de colaborar con ONGs que trabajan para países pobres cuando en España también hay pobreza. A este respecto diré dos cosas. La primera es que este tipo de críticas -si es que a esto se le puede llamar crítica- nunca me las han dirigido personas sensibilizadas y comprometidas con la lucha contra la pobreza en España. Más bien, han sido personas a quienes les traía sin cuidado la pobreza (en España y en el resto del mundo). La segunda es que hay que carecer de sentido común para creer que unas causas solidarias contradicen otras. La ética, en la práctica, rara vez obliga a escoger. Por lo general, en cuanto inicias un proyecto solidario te ves implicado en otro. Quienes acusan a los animalistas de luchar por una causa habiendo otras causas más importantes (habría que ver bajo qué criterio) obvian un aspecto fundamental de la lógica animalista: que el animalismo también incluye en sus premisas la defensa de los derechos humanos.
No voy a negar que en algunos puntos no he coincidido con los argumentos del autor pero ha sido en muy pocas ocasiones (teniendo en cuenta que el libro es de unas 550 páginas) y creo que no merece la pena recordarlas ahora. Lo único que sí quisiera comentar es que he echado de menos una exposición de las razones por las que los animalistas consideran que en determinados aspectos los animales tienen la capacidad de vivir un gran rango de sensaciones con la misma (y quizá, en ocasiones, mayor) intensidad que nosotros. Creo que se podrían haber dedicado algunos párrafos a hablar sobre neurología moderna. Después de todo, a día de hoy, aunque aún nos quede mucho por saber sobre éste sistema, sabemos lo suficiente como para que no quepa lugar a dudas: los animales sienten.
Probablemente el lenguaje claro, directo y ameno que utiliza Kepa a lo largo de toda la obra nos distraiga y haga pensar que se trata de un libro más simple de lo que en realidad es. A mi parecer éste es un ensayo filosófico de gran importancia que presenta un revolucionario y fundamental argumento que todo el mundo debería conocer. ¡Más Kepa y menos Descartes!
Por último, son muy de agradecer las aportaciones que más de 140 personas han realizado para completar la obra. Músicos, actores, directores de cine, escritores, filósofos y otras personas han escrito frases expresamente para la ocasión. Cerraré este comentario con (a modo de ejemplo) una de las frases que cierra el libro: “Cuando se enteró de que el Hombre descendía de él, el Mono lloró toda la tarde” – Pepe Molleda, pintor y humorista gráfico.
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