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Entradas de abril 2006

El viaje a la felicidad.- Eduardo Punset

29 de abril de 2006 · 2 comentarios

El viaje a la felicidadAutor(a): Eduardo Punset
Título: El viaje a la felicidad
ISBN-10: 8423337774
ISBN-13: 978-8423337774
En una frase: "Hace poco más de un siglo, la esperanza de vida en Europa era de treinta años, como la de Sierra Leona en la actualidad: lo justo para aprender a sobrevivir, con suerte, y culminar el propósito evolutivo de reproducirse. No había futuro, ni, por lo tanto, la posibilidad de plantearse un objetivo tan insospechado como el de ser felices."

Mi veredicto:(Esto no es democrático.) Puntuación:3 sobre 5.(Esto no es democrático.) Puntuación:3 sobre 5.(Esto no es democrático.) Puntuación:3 sobre 5.(Esto no es democrático.) Puntuación:3 sobre 5.(Esto no es democrático.) Puntuación:3 sobre 5.

“Hace poco más de un siglo, la esperanza de vida en Europa era de treinta años, como la de Sierra Leona en la actualidad: lo justo para aprender a sobrevivir, con suerte, y culminar el propósito evolutivo de reproducirse. No había futuro, ni, por lo tanto, la posibilidad de plantearse un objetivo tan insospechado como el de ser felices”. Así introduce Eduardo Punset su último libro.

La felicidad entendida por el autor “es un estado emocional activado por el sistema límbico en el que, al contrario de lo que mucha gente cree, el cerebro consciente tiene poco que decir”. No obstante, en ocasiones, a lo largo de la obra la felicidad también es definida como “ausencia de miedo”.

Eduardo Punset hace referencia en “El viaje a la felicidad” a un experimento cuyos métodos fueron tan crueles como interesantes sus resultados. “El experimento de Seligman consistía en someter a cinco ratones cada uno en su cubículo, a una intensa descarga eléctrica totalmente aleatoria. [...] Uno de ellos tenía en su espacio una palanca que, movida con acierto, desconectaba la corriente eléctrica de todos los ratones. [...] Al final del experimento, todos los ratones habían recibido el mismo número de descargas y de la misma intensidad. [...] A las seis semanas, el sistema inmunitario de cuatro ratones se había desmoronado; su sistema emocional estaba exhausto y la depresión acabó con sus vidas. El ratón que disponía de la palanca [...] murió igual que los demás, pero meses después”.

Algunos detalles no me quedan claros después de leer la obra de Punset. En primer lugar, su definición de felicidad no incorpora elementos que expliquen en qué sentido la esperanza de vida actual tiene relación con el concepto de felicidad. La palabra felicidad ya existía hace mucho más de un siglo, ¿qué querían decir nuestros antecesores cuando la utilizaban?.

Por otro lado, el libro termina con lo que el autor llama “la fórmula de la felicidad”. En resumidas cuentas (y el que quiera más información que se compre el libro) la fórmula es la siguiente:

Felicidad = E (M + B + P) / (R + C)

Factores significativos
E: Emoción al comienzo y final de proyecto
M: Mantenimiento y atención al detalle
B: Disfrute de la búsqueda y la expectativa
P: Relaciones personales

Factores reductores y carga heredada
R: Factores reductores (miedo…)
C: Carga heredada (desgaste, estrés…)

Comprendo la intención de Eduardo Punset al escribir la fórmula pero me surgen algunas dudas al interpretarla. ¿La relación entre factores significativos y reductores es lineal?. Probablemente no. Si aumentan en un individuo los factores significativos y los reductores en igual medida, el individuo no se encontrará en absoluto en una situación emocional (en términos de felicidad) similar a la inicial. Si un alumno se entera de que a aprobado un importante examen con un 10 y suspendido otro de igual importancia con un 0; no se sentirá igual que si no se hubiese enterado de nada. Sin embargo, según la entiendo, la fórmula de Punset debería arrojar los mismos resultados para ambos casos.

Para terminar, advierto (y el que avisa no es traidor) que el libro, a pesar de ser una lectura recomendable tiene algunas joyitas como la que sigue: “un jefe de gobierno tuvo la genial idea de colocar a España al lado de Inglaterra y Estados Unidos, los dos países más poderosos y democráticos del mundo. [...] La imagen de Bush, Blair y Aznar en las islas Azores simbolizaba un cambio de rumbo radical de la política exterior española”. A estas alturas os preguntaréis qué carajo tendrá que ver la guerra de Iraq con “el viaje a la felicidad”; es normal, yo me lo sigo preguntando y ya he leído el libro. En cualquier caso lo mejor viene unas frases después, cuando remata: “Cualquier estudioso de la evolución, sin embargo, no tendrá más remedio que admitir que, en términos adaptativos, era lo que más le convenía a España”.

Parece que Punset ha pasado por alto que los criterios de selección natural no siempre redundan en beneficio del individuo “más fuerte”. En ocasiones, (y el ser humano es probablemente el mejor ejemplo) los individuos sobreviven gracias a que constituyen sociedades. El trío de las Azores, al violar el derecho internacional, y lo que es peor, la ética, atentaba contra los intereses de todo ser humano.

No querer parecernos a los norteamericanos en lo malo nos lleva muchas veces a no querer parecernos a ellos tampoco en lo bueno. Comprendo que Eduardo Punset quiera intervenir en su defensa; y sé que en ocasiones, lo hace con razón… pero ésta no ha sido una de esas ocasiones.

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El epitafio de Rigoberto

12 de abril de 2006 · Sin comentarios

Rigoberto siempre quiso elaborar una frase célebre. De todos los objetivos que uno se puede plantear en la vida, éste es de los más sanos, se decía. Las frases cambian el mundo, pensaba a veces. Él sabía que no era cierto. Sabía que las buenas frases sólo resumen ideas más amplias. Una frase célebre sin una idea más amplia detrás es como una cáscara de plátano sin plátano: un mero envoltorio, una cáscara. Pero a él nunca le disgustaron los envases.

No quería ser filósofo, ni escritor, ni profesor, todas esas ideas le parecían muy aburridas. Él no quería revolucionar el mundo con una nueva reflexión. Le daba igual si las frases que le salían empaquetaban ideas de otros autores. Le habría dado igual, incluso, que sus frases no transmitiesen idea alguna. Su verdadero objetivo era la musicalidad misma. Una frase célebre que no es musical, tampoco es célebre, aseguraba. Para él lo importante era que las frases tuviesen gancho, no mensaje. Si Descartes triunfó con pienso luego existo, es que el mensaje es lo de menos, se decía para convencerse a sí mismo.

Llevaba ya varios años con la maldita obsesión de parir una frase musical y todos los días acababa escribiendo las mismas insignificancias. Mira en torno a ti y verás tu entorno, escribió hace unos días. Sabía que sus frases eran muy malas pero confiaba en que el trabajo constante acabaría por descubrir su lado creativo. Sólo una cosa le aterraba en este mundo y era morir sin dejar una buena frase como legado. Por eso no faltaba ni un día a su cita con el papel, el lápiz y las palabras. Una frase son sólo palabras, escribió una vez. Las frases sin mensaje no tienen mensaje, escribió en otra ocasión.

Algunas de sus frases empezaban a tener sentido pero él no buscaba sentido sino musicalidad. No sabía muy bien qué haría el día que por fin diese con la frase que buscaba, pero tenía una idea. Necesitaba un epitafio. Una persona que había dedicado tantos años a buscar una buena frase no podría morir sin un epitafio célebre. Sería una vergüenza. Por eso había iniciado algunos papeleos con una funeraria moderna. A través de su página web esta funeraria te permitía, con sólo rellenar un formulario, diseñar tu entierro con todo lujo de detalles.

A Ribogerto no le preocupaba en absoluto cómo sería su entierro, pero sí le preocupaba lo que pondría en la última de las casillas, el epitafio. Había rellenado todos los datos del formulario meses atrás, pero aún no había encontrado un epitafio, ésta era la única casilla del formulario que, donde debería figurar una frase de Rigoberto, aún ponía: “Escriba su frase aquí”. Nunca la llegó a escribir.

Tremenda la desdicha de Rigoberto, que murió antes de encontrar la frase que buscaba. Quién le iba a decir que su epitafio sería una invitación a la escritura de frases. Quizá lo hizo a posta. Hoy se cuentan por centenas las personas han escrito sus frases en el sepulcro de Rigoberto.

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