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Entradas de enero 2006

La posibilidad del altruismo.- Thomas Nagel

22 de enero de 2006 · Sin comentarios

La posibilidad del altruismoAutor(a): Thomas Nagel
Título: La posibilidad del altruismo
ISBN-10: 9681672127
ISBN-13: 978-9681672126
En una frase: "Mi propósito es descubrir para la prudencia y el altruismo, y para otras motivaciones emparentadas con éstas, una base que no dependa de deseos, sino más bien de aspectos formales de la razón práctica."

Mi veredicto:(Esto no es democrático.) Puntuación:3 sobre 5.(Esto no es democrático.) Puntuación:3 sobre 5.(Esto no es democrático.) Puntuación:3 sobre 5.(Esto no es democrático.) Puntuación:3 sobre 5.(Esto no es democrático.) Puntuación:3 sobre 5.

El solipsismo se define como una teoría del conocimiento que plantea la imposibilidad de conocer algo más allá del propio yo; cuestionando, incluso, la posibilidad de demostrar la existencia de todo lo demás. Sin duda es una teoría interesante pero durante demasiado tiempo ha ejercido un papel bloqueante frustrando otras teorías filosóficas.

La condición de irrefutabilidad de una teoría o idea cualquiera no debería hacernos suponer que ésta es cierta. De hecho, es perfectamente posible desarrollar dos teorías contrapuestas e irrefutables sobre casi cualquier tema. No niego el poder de la teoría del solipsismo pero no debería, en ningún caso, suponer un obstáculo para plantear otras posibles interpretaciones de eso que nos gusta llamar: realidad.

Pasando por encima del solipsismo Thomas Nagel ha desarrollado en “La posibilidad del altruismo” una teoría que resume en las siguientes palabras: “Mi propósito es descubrir para la prudencia y el altruismo, y para otras motivaciones emparentadas con éstas, una base que no dependa de deseos, sino más bien de aspectos formales de la razón práctica”.

Prescindiendo de los sentimientos de benevolencia y simpatía Thomas Nagel expone una teoría de la motivación que explica la promoción de acciones prudentes y altruistas. “La falta de susceptibilidad a la prudencia implica una disociación radical del propio pasado, del propio futuro y de uno mismo como un todo, concebido como un individuo extendido en el tiempo”. “El reconocimiento de la realidad de otra persona y la posibilidad de ponerte en su lugar son esenciales. Ves la situación presente como un espécimen de un esquema más general, en que los papeles pueden ser intercambiados”.

El libro es todo un viaje a través su exposición de argumentos aunque por estar escrito en jerga filosófica puede resultar difícil de digerir. En mi caso, me han quedado dudas sobre la diferencia entre los principios subjetivos y los objetivos; tal y como se plantean en el libro, cualquier principio subjetivo puede objetivarse sustituyendo el sujeto del mismo por una variable persona (p). Mi duda es si podemos considerar objetivos aquellos principios impersonalizados que no se cumplen para determinados valores de (p).

Como conclusión, el autor nos recuerda que demostrar que el altruismo es posible en virtud de algo inherente a la naturaleza humana no significa que los individuos de la especie humana sean básicamente buenos. “Cuán buenos son depende de si ciertas concepciones y maneras de pensar han conseguido prevalecer; una prevalecencia que es, en cualquier caso, precaria”.

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Altruismo dactilar

11 de enero de 2006 · Sin comentarios

Y aquí estoy, sentado al borde de la cama. Examinando la planta de mi pie derecho. Siguiendo con la mirada los dibujos que un día sirvieron para inscribirme en el Registro Civil. Matando el tiempo con la confianza que se mata algo que nunca muere. Comparando los dibujos de la planta de mi pie derecho con los dibujos dactilares de mi mano izquierda. Preguntándome tonterías:

¿Por qué llamamos huellas dactilares a esos dibujos? ¿no es cierto que si me pongo tinta en la cara y la acerco a un papel, la impresión resultante se llamaría huella facial pero mi cara se seguiría llamando cara? ¿cómo se llaman, pues, esas huellas dactilares cuando aún están en mis dedos?

Los dibujos de la planta de mi pie y las preguntas absurdas son sólo manifestaciones externas de mi pequeña depresión. Mis ojos miran los dibujos de mis pies y manos. Una ínfima parte de mi cerebro se está planteando preguntas sobre nomenclatura dibujodactilar pero yo no estoy aquí. Mis ojos y esa ínfima parte de mi cerebro están sólos al borde de la cama.

Iba paseando con un amigo por el centro de Madrid cuando una joven de unos treinta y pocos -creo que subsahariana- se acercó a mí. Juraría que soy capaz de distinguir las miradas tristes actuadas de las miradas cuya tristeza nace de un sincero y profundo sentimiento de indefensión. Su mirada era del segundo tipo.

- ¿Puedo preguntarle por un favor?
- Sí, claro
- ¿Tendría uno euro?

Saqué la cartera aunque estaba seguro de que sólo tenía calderilla y que no llegaría ni siquiera a cincuenta céntimos.

-Creo que no tengo tanto, pero dame un segundo.

No sé cuánto tenía al final pero no llegaba a un euro. Le di las monedas, nos despedimos de la joven y seguimos caminando.

- ¡Qué altruista eres! – me dice mi amigo.

Mis ojos siguen mirando los dibujos de la planta de mi pie pero yo estoy en las dunas del Sur del Sáhara, en África, preguntándome a qué llamamos altruismo. Vi a esa joven, supe de su necesidad, le di unas monedas y me olvidé de ella. No le pregunté qué le pasaba, de dónde venía, si tenía familia, si andaba bien de salud. Tengo un techo pero no se lo ofrecí. No le ofrecí nada de comer, ni ropa de abrigo.

¿Por qué llamamos altruismo a desentendernos de los problemas vitales de otros individuos? ¿es que hemos manipulado tanto el concepto que ya sólo sirve para limpiar nuestras conciencias? ¿será que bajamos el listón de lo que consideramos actos altruistas hasta que éste queda a una altura que nos resulta cómoda, hasta que podemos llamar acto altruista a dar una limosna? ¿no nos damos cuenta de que haciéndolo, esos actos comienzan a formar parte del problema en lugar de resolverlo?

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Una historia casi tan asquerosa como trabajar

9 de enero de 2006 · Sin comentarios

No soy una persona muy dada a las intuiciones ni adivinaciones, si es que son dos cosas distintas. Supongo que será porque siempre acierto y ya sabemos que la repetición mata el interés. Hoy era día de vuelta al trabajo. No sólo por ser lunes, también por ser el primer día de trabajo del año y el primer día tras unas vacaciones. Desperté con un mal sabor de boca que me avisaba de algo pero no sabía interpretar de qué. Traté de quitármelo con enjuague bucal antes y después de desayunar. No sirvió de nada. El sabor era quizá la materialización del mal aliento aunque algunos, ignorantes ellos, dirían que el aliento era la manifestación del mal sabor de boca y no al revés.

Seguí mis rituales matutinos a pesar del percance que, aunque leve, me estaba empezando a obsesionar. Entré en el cuarto de baño, mal llamado aseo por quienes ignoran que éste es una versión reducida y sin bañera del primero. Examiné detenidamente la dentadura de mi reflejo en el espejo. No encontré nada de interés, salvo un pequeño universo paralelo que puso allí mi imaginación. Acostumbro a lavarme los oídos y los agujeros de la nariz con bastoncillos de algodón. Sé que suena a marranada pero hecho con cariño es un gustazo y con buena técnica resulta higiénico y saludable. Insisto en lo de la buena técnica porque hay quien tiende a eliminar demasiada cera de los oídos y se hace inconscientemente daño.

Después de la limpieza nasal pude observar, o mejor dicho, oler con claridad el origen del mal sabor de boca. El día olía mal. En un principio pensé que podría tratarse de comida en descomposición y revisé la cocina de arriba a abajo. A continuación revisé la casa entera. Llegué a la conclusión de que quizá el mal olor era sólo consecuencia de la cantidad de días que llevaba el piso sin una ventilación adecuada, por encontrarme yo de vacaciones, claro. Cuál fue mi sorpresa, cuando abrí la ventana del salón y entró una densa nube de olor, hedor más bien. Era un hedor del tipo ácido, del que recuerda a vómitos o a cadáveres en descomposición. La situación me pareció más que curiosa. Intrigante. Pero tenía que ir a trabajar y no podía perder más tiempo con el asunto. Además, ya sabía que el hedor no venía de mi casa. Cerré ventanas y puertas, y pensé seguir investigando al volver del trabajo. Craso error.

Según me acercaba al trabajo el hedor se hacía más fuerte, más intenso. Durante los dos kilómetros de recorrido, a pie, sentí como la atmósfera se hacía más densa. Llevaba la nariz completamente tapada por la bufanda y aún así no podía respirar sin sufrir arcadas. Me detuve frente a la puerta de las oficinas donde trabajo y supe que el hedor venía de dentro. Era tal el rechazo que me provocaba el olor a esas alturas que me costó horrores abrir la puerta.

Miles de larvas babosas, cucarachas y arañas fueron vomitadas sobre mí. Cayeron como los trastos de ese armario que nunca abrimos porque sabemos que se va a venir abajo en cuanto lo hagamos. Una sustancia gelatinosa unía la masa de contenido estomacal expulsada violentamente sobre mí por la oficina. No podía creer lo que me estaba pasando. Vomité. Y mi vómito resultó combinar a la perfección con la pasta viviente de bichos que trataban de subirse a mi cuerpo. Y observé cómo me convertía en uno de ellos.

Después de todo, comprendí que, aunque sólo nos demos cuenta cuando volvemos de vacaciones, en eso consiste trabajar.

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