Entradas de octubre 2005
“Bruselas alerta de que 30.000 africanos esperan para saltar a Ceuta y Melilla“. Así amanecía hoy la portada de El País.
Ya con el primer vistazo noté que pasaba algo raro con mi ejemplar. El número “30.000″ aparecía en un ligero relieve, como si se hubiesen equivocado y hubiesen corregido recortando el número y pegándolo encima de la errata. Como el Typex pero a la antigua que, por cierto, queda mucho mejor.
Eché un vistazo a los demás ejemplares y vi que a ninguno más le pasaba. Pensé cambiar de ejemplar, todavía estaba a tiempo, pero me gustó pensar que se trataba de un ejemplar de coleccionista, como esos sellos en los que Eisenhower sale un poco desfigurado. No en serio, hay algunos sellos en los que sale sólo un poco desfigurado…
Llegué a casa con mi ejemplar y por curiosidad quise ver qué había detrás del apaño. Raspé cuidadosamente el número con la uña durante varios minutos hasta que conseguí levantar levemente una pequeña parte del arreglo de coleccionista.
Tardé varios minutos en recuperarme del shock pero algo me decía que tenía que volver a mirar. Tenía que saber si habían sido sólo imaginaciones mías. Recogí el periódico y volví a mirar tras el apaño ya medio desgarrado y pude comprobar que seguían ahí. 30.000 subsaharianos detrás de aquel numerito, ahí apretujaditos sin sitio ni para respirar y sin quejarse.
Es curioso que la mayor parte de las veces que vemos uno de estos números creemos que sólo son aritmética y olvidamos que realmente el número es sólo una representación de lo que realmente hay detrás de él. Personas.
Publicado en la sección “Hoy destacamos” de canalsolidario.org el 20/10/2005.
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Categoría: Cartas a medios |
Tags: · fronteras, migraciones
Hoy es otro de esos días que me pasan cosas que creo que sólo me pasan a mí. Vivo en un segundo sin ascensor pero no me quejo de eso. De hecho, hasta hace poco vivía en un cuarto también sin ascensor.
El caso es que juraría que llevo unos quince minutos subiendo y sigo sin llegar a ningún piso. Tras un rellano me encuentro otro y tras este otro, uno más. Siempre tengo la esperanza de que mi esfuerzo será el último y que sólo me faltan unos pocos escalones para llegar a casa, pero no hay manera.
El recorrido de esta escalera siempre ha pasado para mí desapercibido, unos pocos escalones y rellano, otros pocos y primero. Repetimos la operación y ya estamos en el segundo. Hoy debe fallar algo porque no llego jamás al primer piso.
A pesar de lo corto que es normalmente el camino, suelo cruzarme con algún vecino. Es cierto que no solemos pasar del hola y adiós pero al menos deja entrever cierta actividad en el bloque y me hace sentirme, si no acompañado, sí al menos rodeado de algún tipo de forma de vida.
Quizá si no fuese tan goloso habría desayunado sin cereales y no me habría pasado esto. Según mis cálculos, por la velocidad a la que voy y el tiempo que creo que llevo subiendo, debo haber dejado atrás ya más de cien rellanos. El hambre ya me mata y encima la bolsa me va golpeando las rodillas a cada paso, así que decido parar para tomarme los cereales.
Me siento mirando escalera abajo. Porque es mucho más cómodo, claro. Echo de menos algo de zumo, leche, o agua para bajar los cereales, que a puñados y en seco quitan el hambre pero dan bastante sed.
Harto ya de comer y cargar cereales decido dejar en este peldaño los que me quedan y seguir mi marcha. Me levanto y, cuando doy la vuelta para continuar con el ascenso, veo que la escalera ha desaparecido y sólo quedan tres peldaños delante de mí. Y al final de ellos, nada.
Si, desde un primer momento, me hubiese visto en esta situación, seguramente me habría aterrorizado. Pero después de haber recorrido ya cientos de rellanos sin explicación alguna, estaba demasiado cansado como para poder sentir miedo. Por pura lógica, y por ser la única alternativa que tenía, decido rectificar mi última media vuelta para comenzar el descenso. Pero, al girarme, veo que por detrás sólo tengo otros tres escalones. Y al final de ellos, la misma nada que antes.
Los cereales ya no están, así que hago un pequeño recuento. Estoy yo y, bajo mis pies, cinco o seis peldaños que aparecen, o desaparecen, según suba, o baje. Nada más. Puedo subir o bajar eternamente, pero sólo veo los tres peldaños siguientes. O anteriores, según se mire. De hecho, quizá sean siempre los mismos y soy yo el que los interpreta como siguientes o anteriores.
Pasadas ya unas horas, mis piernas no responden y tengo que parar. La intención de parar la tengo clara, pero el hecho de que las piernas no puedan continuar, no significa que sí puedan parar. Llevo tantas horas repitiendo el bucle, que al enviar desde mi cerebro a mis piernas la orden de parar, no son capaces de interpretarla y caigo precipitándome escaleras abajo, de tal manera que mi cabeza golpea fuertemente una superficie vertical de madera produciendo el escándalo consecuente. La superficie vertical, la puerta de mi casa. El escándalo provoca la lógica llamada de atención de los vecinos. Pido perdón, abro la puerta de mi casa y hoy desayuno sin cereales.
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Hoy estuve leyendo algo sobre la teoría de cuerdas y, aunque reconozco que no entendí nada, mi imaginación se disparó. Antes de acostarme, me acerqué a la ventana con la intención de maravillarme con el brillo de las estrellas, tratando de entender cómo alguien pudo pensar que eran sólo parte de un universo y que innumerables universos como éste coexistían de alguna manera. Lo cierto es que no sé muy bien por qué me sorprendo, si no lo entiendo en absoluto.
Me disponía a abrir la ventana cuando vi que al otro lado del cristal había una habitación, idéntica a la mía, en la que estaba yo mismo leyendo el artículo de la teoría de las cuerdas. Durante un tiempo quedé fascinado, mirándome. Era como si estuviese viendo el pasado próximo a través del cristal de la ventana de mi cuarto. Es curioso pensar que, según la teoría de las cuerdas, podría estar viendo al yo de otro universo paralelo.
Me sentía bastante cómodo pensando que yo era el real porque estaba más adelantado en el tiempo, así que su futuro estaba condicionado a mi presente. Me sentía así hasta que él cerró el libro, me vio en la ventana y se dirigió a mí. Las primeras frases de nuestro diálogo no tuvieron desperdicio. Que si quién eres, que si querrás decir quién soy, todo un debate existencialista. Es curioso que, durante nuestro diálogo, yo trataba de convencerlo con toda clase de artimañas y trucos del lenguaje, de que era yo el original y él sólo una réplica. Él hacía lo mismo. Una fase interesante de nuestro diálogo fue aquella en la que me paré a pensar que quizá él tendría razón, después de todo, al ser él quien inició el diálogo, quedó demostrado que su destino no está condicionado a mis actos. Le confesé mi temor y él me confesó ser víctima del mismo miedo.
Después de estos primeros pensamientos, y sin haber llegado a ninguna conclusión sobre nuestros destinos, ni sobre la posible originalidad de alguno de los dos, encontramos una solución que podría darnos absoluta libertad a ambos. Nos cambiamos. Abrimos la ventana y cambiamos de universo. Yo por el suyo, él por el mío. Si su universo estaba, en un principio condicionado al mío, ahora no podría seguir estándolo porque una parte de él pertenecía al universo dominante. Bueno, reconozco que no entendíamos muy bien por qué creíamos que el cambio nos daría libertad a los dos. Pero lo creíamos, que es lo que importa.
A veces me acerco por las noches a la ventana para ver si vuelvo a encontrarme conmigo, o con mi otro yo, o con esa otra persona tan extraordinariamente parecida a mí, para preguntarle qué tal le va en el universo que le presté. No nos hemos vuelto a encontrar y quizá sea mejor así.
Ahora vivo la misma vida que antes del cambio. Tengo el mismo trabajo, los mismos estudios, la misma familia, la misma habitación, pero sé que pertenezco a otro universo y eso me hace distinto. Cuando os miro, me pregunto si, en algún momento de vuestras vidas, os habréis cambiado con vosotros mismos, o con vuestro otro yo, o con otras personas extraordinariamente parecidas a vosotros.
Quizá, el día que me cambié, todos os cambiásteis también y ahora no lo sabemos porque ninguno ha hablado nunca de ello. Quizá todos pertenecemos a otro universo muy parecido a éste. Quizá, mientras escribo esta historia, todos vosotros estáis escribiéndola también, creyendo que sóis únicos, como yo lo creo.
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Como siempre, me moría de ganas de estallar de risa mientras salían corriendo despavoridos. Pero permanecer mirando el fuego, imitando estar en trance y simular ese tic del ojo izquierdo, daba más credibilidad a la escena. Alguna vez, un valiente miraba hacia atrás mientras huía, supongo que esperando ver como me partía de la risa. En ese momento, el truco tic-trance surtía efecto y los asustados valientes huían aún más rápido.
La Noche de Terror del pueblo siempre ha sido la mejor. Es la única en la que suelo dejarme ver. Se puede decir que a eso se reducen mis relaciones sociales. Los niños se reúnen en las afueras para contar sus propias historias terroríficas a medianoche. Mis apariciones favoritas son esas en las que te escondes en las sombras y permaneces allí, a escasos metros de ellos, durante horas, sin que adviertan tu presencia. Terminan sus sesiones y se produce ese silencio que significa: “Estamos cansados, vamos a dormir”. Me gusta romperlo con mi voz ronca, hablándoles despacio:
- “Algunas de las cosas que se dicen sobre mí son ciertas. Pero no os haré nada si las escucháis de mi voz.”
Más de una vez han acabado sus sesiones de cuentos con alguno verdaderamente terrorífico sobre ese extraño hombre que ronda los bosques del pueblo sin dejarse ver. Yo. Es entonces cuando mi primera frase surte más efecto.
Ninguna de esas historias es cierta pero yo hago lo posible para que crean que sí. Esto enriquece mis esporádicas relaciones sociales. Se dice que yo era un brujo padre de familia, que dedicaba más tiempo a extraños ritos satánicos que a mi pequeña hija. Se dice que, un día, invocando al demonio, provoqué un incendio en casa, y que me adentré y rescaté una muñeca de vudú pero dejé a mi hija morir bajo las llamas.
Lo cierto es que nunca he tenido ninguna hija, ni se me ha quemado ninguna casa, pero desde la primera vez que oí la historia llevo colgada del cuello una pequeña muñeca de vudú. También soy amigo de un perro que parece un lobo y aúlla como tal. No me corto las uñas, ni el pelo, desde hace dos o tres años.
Los más jóvenes, no creen que yo exista. Los no tan jóvenes, les tratan de convencer de que me han visto hacer cosas terribles con sus propios ojos. Una vez lo dijo un tuerto y fue muy divertido. Los adultos les tienen prohibido hablar de mí.
Mi aparición, ese día, no fue la mejor. Pero había dos jovencitos que no me habían visto nunca y se asustaron mucho. Acababan de salir corriendo y yo ya estaba pensando que me faltaba otro año para volver a verlos. Para volver a olerlos. Para volver a asustarlos.
Para mi sorpresa, los ineptos padres de los cobardes jovenzuelos habían conseguido organizarse en un plan estratégico para apresarme. Los inútiles me habían rodeado. Todos portaban algún tipo de objeto contundente: palas, picos, azadas…
- “¡Era cierto! ¡Lleva la muñeca de vudú en el cuello!”
Miro al avispado campesino y sonrío. Aunque pueda ser uno de mis últimos instantes de vida, no quiero tirar por la borda en un abrir y cerrar de ojos tantos años de trabajo creando la imagen que tienen ahora de mí. Imagen de la que quieren deshacerse.
Cerraban el círculo en el que me apresaban a la par que sus ojos se llenaban de sangre. De sangre, rabia y odio.
Quizá fue la providencia divina, o tal vez sólo la buena voluntad de uno de estos armados y no por ello menos inútiles padres, la que intervino en mi favor solicitando la calma. Alegando que, como seres civilizados que eran, no podían resolver un asunto como este en caliente. Había que apaciguar los ánimos y tratar el asunto con frialdad y cordura. Habían dedicado todas sus vidas dedicadas a luchar por la no violencia, por el respeto al prójimo, por erradicar del pueblo los robos, la inmundicia y la pena de muerte.
No fui encarcelado sino enjaulado en el centro de la plaza del pueblo. Ahí, estos seres civilizados podían insultarme, escupirme y apedrearme a su antojo hasta que se produjese el juicio. Juicio que tardaba porque, antes de iniciarlo, querían someter a referéndum la reinstauración de la pena de muerte.
Fue durante esas semanas cuando comenzaron los asesinatos. El primero en morir fue el hijo mayor del panadero, encargado por su propia voluntad de mi alimentación hasta que comenzase el juicio. El segundo, fue aquel alma caritativa que solicitó la calma de los feroces y armados padres mientras yo era apresado. Creo que los siguientes asesinatos fueron venganzas de estos primeros, porque las víctimas nada tenían que ver con los defensores del extraño ser que habían enjaulado. El pueblo era pequeño y poco tardó en notarse la falta de las decenas de hombres, mujeres y niños que habían muerto. Yo lo noté porque dejó de llegar comida y tuve que contentarme con los insectos que merodeaban la jaula y con las frutas podridas que me lanzaban.
Por fin, aprobada la reinstauración de la pena de muerte, comenzó el juicio y cesaron las hostilidades entre los vecinos. Para mí, fue una gran noticia porque pasé de la jaula de las humillaciones a la prisión de las torturas.
El juez era, en realidad, un profesor promocionado, porque los dos jueces del pueblo habían sido asesinados durante mi enjaulamiento. Los miembros del jurado estaban ahora enfrentados entre sí por el deseo de venganza de los asesinatos cometidos por y contra ellos mismos. Todos y cada uno de ellos echaban en falta a algún ser querido. Todos habían olvidado, a esas alturas, por qué estábamos allí.
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